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CAMPESINOS DENUNCIAN LA REALIDAD CUBANA DESMIENTEN DISCURSO DE LA DICTADURA
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS HABLA SOBRE LA MUERTE DE FIDEL CASTRO"





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“El hijo de un pueblo prostituido y sin derechos, no puede sin deshonra personal, poner el pie en la casa, confesa o disimulada, de las personas o sociedades que representen al gobierno que prostituye a su pueblo y conculca sus derechos… Mientras un pueblo no tenga conquistados sus derechos, el hijo suyo que pisa en son de fiesta la casa de los que se lo conculcan, es enemigo de su pueblo.”

José Martí, en Patria, el 11 de noviembre de 1892.


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La Izquierda y la Derecha
Topic Started: Monday Jan 10 2011, 02:11 PM (168 Views)
Boomerang
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Puntillazo
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La Izquierda y la Derecha
Un colega me preguntó hace poco cómo podía yo criticar los abominables "vuelos de la muerte" mediante los que las dictaduras militares suramericanas lanzaban al mar a sus enemigos de izquierdas, y al mismo tiempo condenar los horrorosos fusilamientos de opositores cubanos que ha realizado el régimen de Fidel Castro desde los primeros días de la revolución cubana. También estaba interesado este colega en saber cómo me resultaba posible hacer una evaluación positiva, por igual, del presidente socialista chileno Ricardo Lagos y del presidente conservador colombiano Alvaro Uribe. Me pareció muy fácil responder al colega. Soy periodista, no activista.


Tal vez debí ser un poco más extenso en mi respuesta. Por ejemplo, debí hablarle de mi punto de vista acerca de que todas ideologías conocidas han sido más que nada teorías muy mal llevadas a la práctica por sus simpatizantes, desde mucho antes de que la Santa Inquisición quemara a los "herejes" en la hoguera, en el nombre de Dios. Que no me convence un mundo occidental y cristiano con comportamientos ajenos a Cristo, ni tampoco un mundo de igualdades sociales en el que la gente va a la cárcel por decir lo que piensa, en el mejor de los casos, o termina con un disparo en la nuca, en el peor, como durante los días de las alucinaciones ideológicas de Joseph Stalin y Mao Zedong.

Todavía me produce un amargo estremecimiento la atrocidad cometida por militares chilenos en septiembre de 1973, en el Estadio Nacional, al cortar las manos del cantautor Víctor Jara y luego pedirle que tocara la guitarra y que cantara. Y debo admitir que no me gustaban las canciones de Jara ni compartía sus ideas políticas. Finalmente lo mataron. Igual estremecimiento me causa el asesinato del campesino cubano Eutimio Guerra cometido a sangre fría por el Che Guevara en febrero de 1958, en la Sierra Maestra, a pesar de que un tribunal revolucionario no había encontrado pruebas suficientes de que Guerra se había vuelto un colaborador del Ejército de Fulgencio Batista. El Che hizo un disparo al campesino con una pistola calibre 32 en el lado derecho de la cabeza. El hombre murió de inmediato.

¿Acaso pueden convencer a alguien en su sano juicio los protagonistas de estas acciones, de que han hecho lo correcto? ¿Acaso es decente ocultar un crimen y destacar otro, por razones políticas? ¿Debe un periodista permitir que sus pasiones invadan su universo profesional, y engañarse a sí mismo con la peregrina idea de que ha hecho lo justo? Son preguntas que me han asaltado a lo largo de toda mi vida.

Escribí con idéntica amargura sobre los ataques terroristas contra Nueva York, Londres y Madrid, y sobre la mentira de George W. Bush acerca de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Los continuos bombazos de radicales chiitas y sunitas en las calles de Bagdad, y las torturas a prisioneros en Abu Ghraib y Guantánamo.

A mediados de la década de los 80 estuve a cargo de la sección local de la edición de Los Angeles del diario Noticias del Mundo. El periodista chileno Jaime Olivares, que era parte del equipo, me propuso hacer una serie sobre los refugiados salvadoreños, guatemaltecos y hondureños que huían de los horrores de sus respectivas guerras civiles, de los bárbaros escuadrones de la muerte de la extrema derecha y de los grupos guerrilleros, y que yo hiciera lo mismo con los refugiados cubanos y nicaragüenses que escapaban de los regímenes castrista y sandinista. Me pareció una idea feliz. No sólo la aprobé de inmediato, sino que acepté el título propuesto por Jaime: Los refugiados entre la libertad y el miedo. Tuvimos el apoyo de nuestro editor jefe, Rafael Prieto Zartha. Por supuesto, fue una serie que tuvo críticas y elogios de los lectores, según sus respectivas ideas políticas. Pero al final de la jornada, creo tanto Jaime como yo nos sentimos plenos de satisfacción. No habíamos ocultado nada. No habíamos censurado a nadie. Simplemente, habíamos narrado la crónica de una tragedia humana.

Recuerdo con gratitud un dibujo publicado en la revista Correo de la UNESCO a finales de 1978, con motivo del trigésimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el que aparecía un muro gris en perspectiva y varias figuras humanas delante del muro. Todas las figuras, excepto una, tenían sus cabezas cuadradas encajadas en hoyos cuadrados que había delante de ellas, en el muro. La figura humana que era la excepción, no podía colocar su cabeza en el hoyo que tenía enfrente. Su cabeza era redonda. Es una de las metáforas más hermosas acerca del comportamiento de las multitudes, de que he sido testigo.

Quiero hacer todo lo posible por conservar mi cabeza redonda. Comprendo que es una misión difícil, sobre todo para alguien que fue enviado a un campo de trabajos forzados cuando tenía 17 años de edad, por un gobierno de izquierda. Y a veces pienso que todo esto no es más que un síntoma de mi utópico sentido de la libertad.

(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine, revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Ha sido además redactor de la agencia EFE en La Habana, Cuba, San José, Costa Rica, y Los Angeles, California, así como editor metropolitano del diario La Opinión de Los Angeles e instructor de periodismo de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA
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