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| Manolo y el tiempo roto; Luis Cino | |
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| Tweet Topic Started: Friday May 4 2007, 12:10 PM (102 Views) | |
| hantofe | Friday May 4 2007, 12:10 PM Post #1 |
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Administrador
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Manolo y el tiempo roto Luis Cino LA HABANA, mayo (www.cubanet.org) - A Manuel Granados se le fue la vida rápido, como se debe tomar el primer trago del más peleón de los rones, o una medicina amarga, tratando de demostrar que eran demasiadas cosas a un tiempo a pesar de… Sus motivos tenía Manolo. En la Cuba de la revolución no se podía ser negro, marginal, homosexual, revolucionario, y por añadidura, escritor. Manuel Granados se empeñó en serlo todo a la vez, y lo que es peor, demostrando que podía ser cada una de las cosas sin menoscabo de las otras. Tenía que ser revolucionario. No se concebía que un negro no lo fuese. Menos aún, un negro camagüeyano como él. Rodó en La Habana, de Párraga a Marianao, pasando por los duros bancos del Prado, y conocía bien los rostros del racismo y la pobreza. Peleó en la clandestinidad, en la Sierra Maestra y en Girón. Se enorgullecía de las dos boinas verdes que ganó, después de 1959, a base de conciencia de clase. La boina negra de la Sierra se la ganó a balazos, sin conciencia de nada, casi por carambola. Alguna vez lo dijo: "Tipos como yo, por muy lejos que estemos de la teoría marxista, vamos a seguir en el tren de la revolución, cuando no sea por otra cosa, al menos por el don de la comparación: por lo que se era antes que no se es ahora, o por lo que no se era y ahora se es". Pero resulta que Manuel Granados se bajó desilusionado del tren de la revolución en un frío paradero europeo, en 1992. Si alguien no tenía motivos para hacerse ilusiones era él. Desde la Sierra conoció el lado más feo y oscuro de la revolución. Cuando con ilusiones de alzado llegó a El Olimpo (no el de los dioses, sino el campamento serrano de los rebeldes) lo confundieron con un tigre de Masferrer y lo hicieron prisionero. El capitán Narciso le quiso llevar al paredón por crímenes cometidos en Dos Bocas. Manolo no tenía la más (moderese) idea de dónde quedaba Dos Bocas, pero lo encerraron en Los Cotuntos. Allí lo amenazaron con matarlo, lo hicieron cavar su tumba y a rastras lo sometieron a un simulacro de fusilamiento. Sólo después lo sacaron de Los Cotuntos y le permitieron combatir. Años después, en la Casa de las Américas, el capitán Narciso trató de explicarle. El oficial se sintió ofendido porque Granados aludía a su crueldad en un libro. Manolo oyó la sarta de justificaciones, pero ya era demasiado tarde. Narciso, en todos los disfraces, siempre lo persiguió. Manuel Granados, como mismo conoció el vivac del Príncipe en los 50, estuvo en casi todas las unidades policiales de La Habana. Lo condujeron a golpes y empujones. Buscaba problemas y se ponía impertinente para comprobar si era libre. Renunció a comprobarlo después que en 1971 lo condujeron, a bordo de un carro de la Seguridad del Estado, a Villa Maristas. La conversación con los oficiales de la policía política lo convenció del hecho de que no era libre ni podría serlo. No sé si le recordaron entonces, de manera más o menos discreta, en son de chantaje o no, que él era homosexual. Y que para la Cuba oficial, ser negro, homosexual y no estar con la revolución es la última carta de la baraja. ¡Decirle (moderese) a Manolo, casado, con hijos y vanguardia del trabajo en los cortes de caña! A él, que se fajaba con cualquiera. Pero el horno no estaba para pastelitos. A la fiesta de los caramelos no podían ir los bombones, ni aunque hubieran peleado en la Sierra. Granados entendió el mensaje (no quería estar contra la revolución), no le quedó más remedio que entenderlo o fingió que lo entendía. En todo caso, soltó algunas plumas y unas cuantas palabrotas, como hacía cada vez que se encabronaba y luego cogió una gran borrachera con Felito Ayón o Tato Quiñones. Para ahogar las penas, que dicen, no saben nadar. Por entonces pertenecía a la UNEAC, trabajaba en el ICAIC y Haydée Santamaría lo había mudado de su cuarto en Centro Habana para un apartamento en El Vedado. En 1967, su novela Adire y el tiempo roto había sido mención en el Concurso Casa de las Américas. Manolo escribía cuentos o poemas a lápiz, sin camisa, fumando como un condenado, en la mesa del comedor. Lo hizo cada día, como quien no puede hacer otra cosa, hasta que pidió asilo político en España. Luego se fue, casado con una francesa, a escribir a Paris. Este abril hizo 9 años de su muerte. Granados solía decir que, desde que tuvo uso de razón, siempre tuvo ganas de morirse. Que sólo el primero de enero de 1959 le devolvió las ganas de vivir. Cuando, desilusionado, se apeó del tren de la revolución y se vio en el exilio, su tiempo se rompió como un espejo, sin azogue y en desuso, y empezó a morir. Manuel Granados estaba cansado de vivir entre recelos y sospechas. Harto de creer, como todo marginal, por muy buen escritor que sea, que detrás de todos y cada uno de los principios que quisieron imponerle, había una trampa para joderlo. El cáncer, oportuno después de todo, vino en su auxilio. luicino2004@yahoo.com CubaNet no reclama exclusividad de sus colaboradores, y autoriza la reproducción de este material, siempre que se le reconozca como fuente. |
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