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| “”” PISAR.””” | |
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| Tweet Topic Started: Monday Feb 12 2007, 04:07 PM (106 Views) | |
| EstebanCL | Monday Feb 12 2007, 04:07 PM Post #1 |
Puntillazo
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“”” PISAR.””” De lejos, recostado al enorme muro que lo separaba de la casa vecina y bajo la sombra de un inmenso árbol de aguacate, Manuelito pasaba horas contemplando la cría de gallinas que Emilia tenía en su patio allá en Párraga. Casi siempre acudía a la misma hora, el momento en que su vecina comenzaba a gritar a todo pecho un títítítí que retumbaba todo el barrio. Unas cajas de cerveza vacías lo ayudaban a vencer la altura, entonces, veía volar granos de maíz que imaginaba fueran abejas sin alas y antes de su caída, unas adoptaban el brillo de las perlas plásticas del collar de su abuela postiza. Se divertía con el revuelo formado en el patio a esa hora y contaba las plumas que volaban en todas direcciones. Pronto, como obedeciendo a una orden de su vecina, se agrupaban en un extraño círculo y desaparecían sus cabezas. Siempre quedaba una gallinita fuera de aquel cerco tendido alrededor de los granos y aquello llamó extraordinariamente su atención, su vista consumía la mayor parte del tiempo concentrado en sus acciones. Emilia era bondadosa y justa, le lanzaba un puñadito de granos que casi siempre iban dirigidos a un rinconcito del patio, donde la gallinita apuraba en devorar antes de que las restantes pasaran e hicieran el resumen. Manuelito, empujado por esos sentimientos puramente humanos que comenzaban a florecer en él, se sintió solidarizado con aquella ave desde los primeros instantes. ¡Pobre gallinita! Manifestaba en silencio, nadie sabe la lástima que sintió por ella, nadie imagina hasta qué punto pudo haber sido discriminada, solo él pudo descubrirlo en esas constantes visitas cuando respondía al títítítí de Emilia como una gallina más. Cada vez que aquel infeliz animalito pasaba junto al grupo de las restantes gallinas que habitaban el patio, la emprendían a picotazos con la desdichada. Apenas le quedaban plumas en la cabeza, se veía horrorosa, su figura se aproximaba más a la de un aura tiñosa que a una simple gallina de corral. Después de su agitada carrera por el patio y burlando las emboscadas de las restantes gallinas dispersas, Manuelito observaba como era perseguida por el gallo más grande y robusto de aquella cría fenomenal que poseía Emilia. Siempre le llamó la atención la culminación de aquella persecución, el gallo la agarraba fuertemente con su pico por la escasa cresta que tenía la gallinita jabaíta y ésta se quedaba de lo más tranquilita. Después, aquel enorme animal de plumaje entre naranja ámbar y azul fosforescente, quién cómodamente doblaba su peso y estatura, se encaramaba encima de la debilucha amiga de Manuelito y comenzaba un movimiento sumamente extraño con su cola, como tratando de agarrar puntería sobre algún objetivo. Pocos segundos después, el gallo bajaba aún más su cola en un movimiento espasmódico apenas perceptible al sentido humano, se bajaba de encima de su víctima y batía las alas levantando algunas plumas del suelo en pequeños remolinos. Cantaba muy jacarandoso ante las miradas furtivas y algunas indiscretas de las restantes gallinas. La jabaíta continuaba un tiempecito más postrada, tal vez de fatiga por el peso soportado, quizás, sufriendo por la humillación recibida. El resto del día, Manuelito se debatía hundido dentro de esos infantiles pensamientos, trataba de buscar una explicación al comportamiento de aquellos animales. Muchas cosas le pasaron por la mente y odió terriblemente al gallo, fue la primera vez que un sentimiento tan despreciable pudo penetrar en su mente de niño. Días después de la repetición de aquella escena, preparó un tirapiedras y aprovechaba las ausencias de Emilia para sonarlo. Un día y cuando la curiosidad logró vencer su voluntad, le preguntó a su abuelo postizo sobre la acción del degenerado gallo. Aquel hombre, parco para las palabras cuando se encontraba en estado de lucidez y no comprometido con sus dudas, solo le respondió con desgano que el bicho lo que hacía era pisar a la gallina. Al día siguiente, se detuvo Manuelito a realizar un infantil estudio sobre los movimientos extravagantes del gallo y no encontró una lógica a la respuesta del viejo. Según sus profundos análisis, si el gallo deseaba pisar a la gallina, lo único que debía hacer era eso, pisarle una de las patas y los resultados no serían tan desastrosos tampoco por la carencia de botas o zapatos. No conforme, el gallo podía incluso pisarle las dos patas, pero aún así, las posiciones asumidas no se correspondían con la acción realizada. Jugando con esas deducciones, llegó al pleno convencimiento de que los movimientos de la cola se encontraban fuera de contexto y no guardaban relaciones con las patas de la infeliz gallinita jabaíta. El misterioso pisar de aquel gallo abusador, se convirtió en una obsesión para la tierna mente del muchacho que comenzaba a descubrir el mundo. Las cosas se complicaron un poco más, cuando un día, visitando a parientes de su familia postiza por Campo Florido, uno de los chivos de un tío postizo se encaramó encima de una de las chivas de su pequeña manada. Lo hizo, luego de cumplir un extraño ritual que duró varios minutos, el macho olía con insistencia la parte posterior de la chivita seleccionada, berreaba y escupía hacia todos lados con movimientos bruscos, como si sintiera asco. Luego, insistía en volver a oler aquello que supuestamente le produjo repugnancia, la chivita se apartaba un poco y él la perseguía con saña. Berreaba y escupía, sacaba la lengua, le daba una pequeña cornada por un costado a la chivita y ella optó por mantenerse tranquila. Luego de aquella no menos curiosa ceremonia a los ojos infantiles de Manuelito, el chivo se encaramó sobre la débil e indefensa chivita, pero al hacerlo, vio como surgía de la parte inferior de su vientre una especie de sable color rosado pálido. Al preguntarle a su abuelo postizo, el viejo solo alcanzó a responderle que el chivo estaba pisando a la chiva, agregando a su respuesta que debía encargarse de las cosas de su edad. Años después, el abuelo postizo de Manuelito cayó ingresado con un infarto en la quinta Dependientes. Su abuela postiza le pidió se quedara a dormir en la casa por temor a la soledad y el niño aceptó. Una de esas noches, aquellas, donde su abuelo postizo se mantenía ausente del hogar debido a su precario estado de salud. Manuelito escuchó de madrugada crujidos de madera, sollozos, extraños gemidos que su mente no pudo identificar si eran de placer o dolor, inhalaciones y expiraciones respiratorias que muy bien pudieron ser provocadas por un ataque de asma, ayes que estremecieron la puerta del cuarto de su abuela, y sin pensarlo dos veces, salió de su cuarto con el propósito de auxiliarla venciendo los temores que aún sentía por la oscuridad. Manuelito se encontró de frente con un tipo encaramado encima de su abuela postiza, pero, tan concentrados se encontraban en sus plegarias que ninguno de los dos se percató de su inoportuna presencia. ¡Abuela! ¿Te pasa algo? Aquella valiente intervención del niño detuvo los fragmentos de oraciones que se realizaban, solo logró escuchar el final de algunas. ¡Ay, virgen santísima! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Santa Trinidad! Unos días después, el abuelo postizo pidió que le llevaran a su inteligente nieto postizo y la abuela postiza no encontró pretextos que no fueran rechazados por el solicitante para hacerlo. Por el camino le advirtió al niño, lo alarmó, lo atemorizó sobre los riesgos y consecuencias que pudieran producir una imprudencia. No debes preguntarle nada al abuelo, una pregunta cualquiera puede producirle una nueva recaída, hay que dejarlo hablar solo y no provocarle preocupaciones, no debes contarle nada, ni de gallos, ni de gallinas, ni de chivos y chivas, solo escuchar para que el abuelo regrese pronto a la casa. Esos sermones fueron repetidos durante todo el trayecto en la guagua hasta lograr convencerlo sobre la gravedad del viejo, sin embargo, las apariencias decían lo contrario cuando se encontraron. Aún así, Manuelito, quien había aprendido desde muy pequeño las lecciones recibidas sobre la prudencia que se deben guardar al expresar una palabra, decidió dedicar todo el espacio de la visita al hospital en escuchar los cuentos de su abuelo postizo. Hizo gala de toda la paciencia acumulada en la mente inestable de un niño, y escuchó por enésima vez aquella historia del viejo donde le narraba las aventuras vividas cuando la construcción del túnel de La Habana. Descendía junto a él con su traje de buzo y podía observar por el cristal de su escafandra el desfile de tiburones que diariamente viajaban como cualquier barco en demanda del puerto o simplemente partían luego de no encontrar nada. Se quedó con los deseos de preguntarle al viejo, qué hacía ese otro abuelo postizo sobre su abuela postiza. A los doce años alcanzó la mayoría de edad de acuerdo a los cánones establecidos por los chamas del barrio, se sintió orgulloso de sí mismo. Comenzó una nueva etapa en su vida, Manuelito descubrió un día que orinaba dulce, tampoco fue accidental aquel descubrimiento, fue el resultado de constantes frotaciones producidas en un ir y bajar de su mano derecha, era todo un hombre. Se imponía la necesidad u obligación de la iniciación, esas eran las reglas del juego entonces. Manuelito debía ratificar y convencer a sus jueces, si deseaba practicar ese oficio para el cual habían sido destinados por leyes elementales de la naturaleza en su tierra natal. Los socios del barrio comenzaron a asesorarlo en ese proceso de transición tan complejo que existe entre la niñez y la mayoría de edad. Le prestaron todo tipo de literatura adecuada al momento histórico que le tocaba vivir, y que aseguraban insistentemente, no se repetiría. Sus conocimientos teóricos comenzaron a enriquecerse con la ayuda de pasquines de relajos algo gastados por el constante manoseo, algunos manchados también y en su mayoría, enriquecidos con fotos en blanco y negro. Le entregaron un manual con un compendio de alrededor de doscientas declaraciones de amor para que practicara, un libro cuyo título era, “Cien temas sexuales”, aunque estudioso en apariencias, Manuelito lo utilizó en otros menesteres. Se mantuvo apartado del grupo alrededor de dos meses mientras se preparaba teóricamente, solo cuando sintió seguridad de sí mismo, Manuelito se presentó a las reuniones que se realizaban diariamente en una de las esquinas de su barrio para someterse al criterio de aquellos que aprobarían o no su pase a la hombría. Respondió con seguridad y firmeza todas las preguntas efectuadas en un interrogatorio que culminó a las tres y media de la madrugada. Manuelito convenció a sus jueces. -¡Tienes que declarártele a Juanita! Es la hija de Margot, la vieja que confecciona las guapitas. Ella es un año mayor que tú, pero ya está rota y es la que puede servir, ya se ha pasado a varios del grupo, no hay tema. Expresó el mayor de todos, el que presidía esas ceremonias. Manuelito le cazó la pelea en una cola de la carnicería y venciendo en algo su nerviosismo, la citó para el parque que se encuentra en la calle B entre 8va. y 9na. Desechó la posibilidad de proponerle la Loma del Chivo como le habían sugerido, conocía de primera mano las maldades que realizaba aquel grupo. Ella acudió a la cita a la hora acordada, muy almidonada, serena, complaciente, dispuesta a escucharlo. Se sentaron en uno de los tantos bancos dispuestos debajo de la frondosa arboleda, innecesaria entonces por la ausencia del sol, pero con cierta magia plateada cuando se filtran destellos de una luna llena entre cientos de pequeñitas hojas que tratan de ocultarla. Manuelito se sintió traicionado por los nervios cuando la vio tan cerca de él, solo escasos centímetros separaban ambas piernas, rostros, miradas, alientos, ojos que hurgaban en aquella apacible semipenumbra, oídos y sentidos dispuestos a escuchar. La ausencia de resistencia despertó su desconfianza y trataba de buscar la página adecuada, el tema exacto para romper el silencio que imponían las miradas. Pasaban incesantemente cada página leída y todas se le presentaron confusas. ¡Es necesario relajarse!, escuchaba el consejo de su conciencia. En casos de temores impropios a la situación, hay que contar hasta diez, respirar profundo, extender la mirada hacia un punto lejano, hasta el infinito si es posible, volver a respirar, volver a contar, él escuchaba tranquilamente los consejos, pero el tiempo pasaba. -¿Y? Dijo ella cuando comprobó que Manuelito no se decidía a tomar la delantera, quiso ayudarlo a salir del coma donde se había hundido involuntariamente. -Desde el primer día en que te vi me enamoré de ti, me sentí encandilado con tu presencia, me iluminaron el color de tus ojos, me embriagó…Se detuvo cuando daba rienda suelta a su novata inspiración, fue espontánea aquella detenida y él mismo se asombró. Las palabras comenzaban a fluir con facilidad y nitidez, recuerda que correspondían a la página ciento diez del Manual para declarar un amor. Pero de repente, ante su mente, comenzaron a pasar páginas tras otras sin detenerse y confundían palabras e ideas. Se le trabó el paraguas y prefirió no continuar para evitar meter la pata, algo muy común a su edad. Ella permaneció a su lado muy tranquila esperando la conclusión de aquella declaración amorosa, no lo presionó, esquivó su mirada para evitar abochornarlo y donarle tiempo para que recobrara su confianza. Esperó, esperó por largo tiempo mientras su mirada se desviaba a intervalos entre las hojas de los árboles y la parada de la guagua. La luna se filtraba y lograba invadirlos con sus rayos plateados, los destellos del semáforo de B y Porvenir, cambiantes de colores, se reflejaban en las ventanas de cristal de las casas vecinas y distrajeron la atención de Juanita durante prolongados cambios, contó las guaguas de la ruta 74 que pasaron mientras Manuelito coordinaba nuevamente sus ideas, fueron cinco, tal vez cuatro. Pensó que si cambiaban de escenario podía regresarlo nuevamente a su realidad y se levantó, Manuelito hizo lo mismo. Ella comenzó a tomar decisiones involuntariamente y anduvo por el parque seguida de él, como una sombra muda, perdida, ajena, fuera del espacio que ocupaba, invisible a los rayos de la luna. -¿Y? Expresó ella con una acentuación mucho más grave, imponiendo pautas, límites a una espera que ya resultaba demasiado prolongada. Él, levantó la mirada por primera vez sin darse cuenta del tiempo transcurrido y las vueltas realizadas alrededor del parque, ella se alegró internamente por aquella repentina reacción. -¿Y? repitió él con vagancia e indiferencia hacia el momento que se encontraba atravesando. -¡Sí! ¿Tenías algo por decirme? El la miró nuevamente algo extrañado, como si no comprendiera nada. Entonces, desde lo más profundo del alma de Manuelito, brotó una palabra oculta durante casi media decena de años. Quiso repasar las páginas de aquel libro prestado, pero comprendió de una vez por todas que el tiempo se le había agotado. -Juanita, desde el primer día en que te vi me enamoré de ti, me sentí encandilado, yo quiero pisar contigo…Se detuvo sorpresivamente y ella se sintió invadida por las dudas, no pudo diferenciar entre los nervios y la burla. -¡Mira, tronco de comemierda! Vas a pisarte a la madre que te parió, yo no soy una yegua. Juanita le dio un bofetón a Manuelito y partió sin darle o exigirle explicaciones, desapareció ante su vista mientras ascendía por B en dirección a 16. Él recogió sus lentes y se sentó muy feliz en el mismo banco donde pretendió declararle su amor a Juanita. Al menos, había descubierto algo durante ese encuentro, los caballos pisan también aunque tengan cascos. Luego y con el rostro vuelto hacia la cresta de los árboles, encontró respuestas a muchas de sus preguntas y evadió las dudas de su infancia. La gallinita jabaíta no era tan infeliz, quizás era dichosa y la abuela postiza no era tan católica. Permaneció sentado en el mismo banco por más de media hora escuchando nuevamente aquella historia gastada de cuando construían el túnel de La Habana. Tiburones van y vienen frente a la escafandra, puntos de soldadura. ¡Ay, Dios mío!, ¡Ay, Santísima Trinidad! Títítítítí, gritaba Emilia desde su tumba en Caballero Woodland y el gallo que agarraba a la triste gallinita jabaíta por su pequeña cresta. Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2007-02-12 |
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