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“El hijo de un pueblo prostituido y sin derechos, no puede sin deshonra personal, poner el pie en la casa, confesa o disimulada, de las personas o sociedades que representen al gobierno que prostituye a su pueblo y conculca sus derechos… Mientras un pueblo no tenga conquistados sus derechos, el hijo suyo que pisa en son de fiesta la casa de los que se lo conculcan, es enemigo de su pueblo.”
José Martí, en Patria, el 11 de noviembre de 1892.
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - He estado muchos años sin visitar un restaurante estatal. En verdad, más correcto sería decir que he estado muchos años sin poder visitar ningún tipo de restaurante, por diversas razones. Primero, por el mayorcito de los muchachos, hijo de mi esposa de un matrimonio anterior, a quien no teníamos con quién dejar para salir a dar un paseo; después vino el pequeño fruto de nuestro matrimonio, y las cosas se complicaron más aún.
Eso, más el trabajo, la rutina… Pero fundamentalmente, por falta de recursos. Durante los primeros años de la década del 90 la mayoría de los centros gastronómicos cerraron. Los que quedaron con vida ofertaban los más insólitos platos: picadillo extendido -léase algo de carne de averigua y mucho plátano molido o cualquier otro elemento similar- sólo por citar un ejemplo.
A mediados de la famosa década reabrieron sus puertas la mayoría de los restaurantes principales de la isla, pero en divisas, sólo al alcance de los turistas extranjeros. Luego legalizaron los paladares, pero comer uno de los platos que ofertaban quedaba fuera del alcance de muchos cubanos. Algunas de las paladares y cafeterías particulares más modestas eran un peligro. Podías estar degustando un delicioso plato de ratas asadas como si fuera pollo, tamales de calabaza y aserrín, pizza con condones derretidos en lugar del queso. Por lo tanto, mi esposa y yo decidimos olvidar que existían restaurantes.
Hace una semana salimos a dar un paseo, a pleno mediodía. Desafiando un sol que literalmente rajaba las piedras recorrimos varias de las tiendas en divisas, sólo para mirar y soñar. Luego de caminar por el Malecón y contemplar a los sempiternos pescadores con sus carretes, sus anzuelos y su loca esperanza de capturar un pez en medio de las aguas turbias, contaminadas; a las parejas olvidadas del terrible sol, apretadas contra el muro; a un policía oriental derritiéndose a un costado del Hotel Riviera, entregado sin mucho entusiasmo a cazar jineteras, decidimos entrar a uno de los otrora restaurantes insignia de la capital.
Al viejo restaurante lo habían restaurado un poco, con mucho mal gusto, pero al menos mostraba algo de limpieza y orden. Estaba vacío. Los camareros conversaban, sentados alrededor de una mesa. Nadie nos prestó atención en los primeros momentos. Necesitamos varios minutos de espera, dos o tres llamados cada vez en voz más alta y perentoria, para que una muchacha muy joven, rubia, muy bonita, toda una criolla de la mejor casta, se nos acercara y con voz neutra y falta de entusiasmo nos invitara a sentarnos en una de las mesas. Rápidamente nos trajo la carta.´
El menú era escaso, pero aún no habíamos terminado de leerlo cuando la bella camarera anunció que sólo había pollo frito y arroz blanco. La cerveza en pesos convertibles y los pollos costaban tanto que daba pena comérselos, y pensamos seriamente conservarlos como una valiosa propiedad. Daba pena comerse algo tan costoso.
Sentados ya sobre el burro, decidimos darle de palos, y pedimos dos raciones de pollo y arroz. Después de intercambiar dos o tres bromas con la rubia sobre "la cosa" (¿Cómo estaba la cosa? Lo mal que iban las cosas, etc.) la camarera entró en confianza, y hablando en un tono bajo, con aires de complicidad, nos dijo: "¿Quieren ver la otra carta?" Y, maravilla de maravillas, nos mostró una reluciente carta con un asombroso menú, distintas variedades de platos con pollo, filete uruguayo, arroz congrí, ensaladas, pastas, pescados, postres, etc. No podía salir del asombro. La joven, haciendo un gesto muy conocido en la isla, nos indicó que era por la izquierda (ilegal) y, muy sonriente, nos explicó: "Hay dos cartas, mi chino, la de Fidel y la nuestra".
Un restaurante dentro de un restaurante. Resulta que los ingeniosos camareros, capitanes, cocineros, administradores, se habían puesto de acuerdo. Por un lado cocinaban y ofertaban los productos que les suministra la empresa estatal, y por otro lado los productos que ellos conseguían por la izquierda, en dependencia del cliente. Con un tacto sin igual y una capacidad de análisis psicológico que envidiarían Gustav T. Fechner, Wundt y Sigmund Freud, mostraban uno u otro menú.
"Todos ganamos", dijo con su bellísima sonrisa. "A Fidel lo de Fidel y a nosotros lo de nosotros". Comencé a provocarla, le hablé de la honestidad, de que eso no era legal, etc. Con unos ojos verdes que irradiaban, me contestó: "Hay que luchar, mi chino, que la cosa está muy mala. ¿Qué tú quieres, que me muera de hambre? Además, ladrón que roba a otro ladrón tiene cien años de perdón".
Satisfechos por la excelente comida, con los bolsillos seriamente dañados, abandonamos el vetusto restaurante, otrora insignia de la gastronomía habanera. Todavía conserva el hombre que le pusieron sus verdaderos dueños. Sabe Dios por qué lugar de este mundo andan hoy, qué ha sido de sus vidas, y pensé en la ironía de la vida. Esa rubia y hermosa camarera de alguna forma les hacía justicia. Ella no sabe quiénes fueron esos dueños, cómo construyeron ese sitio, con cuánto sacrificio lo convirtieron en lo que otrora fue. Ella nació muchos años después del 59, sin embargo, de alguna forma les cobraba la mala jugada a los que un día, hace ya muchos años, allá por los sesenta, robaron ese sitio a sus dueños. Nada, que como dice el dicho: "Ladrón que roba a otro ladrón…"
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