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| "CONFESIONES DE UN MUERTO"; CRÓNICAS DE UN MUERTO. | |
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| Tweet Topic Started: Monday May 15 2006, 07:46 AM (88 Views) | |
| SEPULTURERO | Monday May 15 2006, 07:46 AM Post #1 |
Puntillazo
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Me gusta palabrear. La humanidad es un mero término biológico, la especie humana, no más digna de adoración que cualquier otra especie animal. El culto a la humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me parece una resurrección de los cultos antiguos en que los animales eran dioses, o los dioses tenían cabezas de animales. Así, yo viviendo sin tener vida, me queda la renuncia y la contemplación como único destino. Me refugio en mis sensaciones y las exploro como parajes lejanos, desconocidos. Contemplo la vida para apropiarme de cada rincón en ruinas. Hago literatura con mis confesiones. Me abstuve de la vida pública , en Cuba, por elección. Otros se entregaron al culto de la confusión, del caos, idolatraron el sucedáneo de los dioses, mártires cincelados por los discursos de los hombres para fosilizarse en su pedestal, como ratas muertas. Mi biografía es magra y en nada absoluta. Mis confesiones no tienen, quizás, nexo, sólo las une un hilo de ruinas, caos y desapariciones. Despojos. Con ellos edifico paisajes. Tuve lo indispensable, comía, bebía y en el poco espacio que la autoridad me legó, en mi país: soñaba. Nunca pedí más. Soy feliz inmerso en la derrota total, mezclado con la ralea anónima de las sombras de esta ciudad habitada por sombras y ruinas. Por pirámides de estiércol. Escalo montañas de mierda. Mi triunfo es escarbar en la cima, con mis manos, y mi trofeo: un trozo de cualquier cosa comestible. Porque nada valgo. Sólo me sostiene el instinto animal de la búsqueda, de embriagarme en la inmundicia. Soy un contumaz sobreviviente. La tenacidad de revolcarse en la inmundicia de una ciudad se premia. Hago sintaxis con la mierda. Me extravío de mí mismo. El gozo que entraña toda pérdida es inaccesible a los vivos. Mi reposo, incorpóreo, me permite trasmutar sensaciones paganas en velados misterios que rozan los mito que me invento, como el de reconstruir mi pedazo de historia con .... Me disperso a trechos, jirones de mi incorporeidad marcan las noches de esta ciudad habitada por fantasmas. Abdico y me disperso con los primarios indicios del alba. Detesto el tedio anticipado de los días. Regreso a mi túmulo anónimo. El estilo claustral de mi vida durante el día no me afecta. Sufrí otros azotes más incongruentes y severos. De cierta manera mi claustro sepulcral me libera de la disciplina de otros tiempos. Las últimas lluvias abandonaron el cielo y se quedaron en la tierra, humedeciéndola. Ablandaron la hojarasca antes seca y crujiente de las callejuelas entre los sepulcros, entre los ángeles congelados en mármol, entre los cristos y sus cruces sin asperezas, por la erosión de tanta agua, tanto viento, durante tantos años. Somos siervos del tiempo, todos. Soy de una prolijidad poco habitual, por eso este monólogo interminable. Todo se evapora: mi incorporeidad, mi sombra, mis andanzas por la ciudad. Continuamente me voy perdiendo. Por eso es mejor contarlo todo antes del ocaso. Porque hasta los muertos tenemos un final. El ansia de contarlo todo me devora. No soy nadie. Me deslizo por mis calles y me digo sombra, pero los muertos carecen de ella. Soy de una ciudad que no existe ya para mi, ni para otros aunque permanezcan vivos. O lo piensen. Mi caída es hasta el infinito, desde la vida hasta un abismo sin fondo. Soy el centro de mi universo y mi monólogo es un graznido. MI cadáver aún fluctúa entre los que le arropan y se lo comen a cuajos en la tierra. No siento nada. Es como cuando las polillas devoran tus libros, las cucarachas tu ropa o la carcoma tus muebles. Ellos sólo rasgan mi vestidura. Yo estoy fuera de ella, fantasmalmente, a resguardo. Soy el centro en la metafísica de este relato. Quiero impregnar con la viscosidad de mis palabras de muerto que emerge de su claustro el pozo sin muros de mi ciudad, la nada de este texto. Habité un estado político, implementado por el terror y en aquella época transcurría yo más como una sombra que ahora. Derribaron los dioses de siempre, milenarios, y tallaron en nuestras mentes la imagen omnipresente del único Dios posible, vivo, y le rodearon de honores como un faraón. Le momificaron en vida y la momia hablaba usurpando con su mitomanía el universo de los vivos. El poder divino sobre la tierra, sobre unos pocos, se condensó en tiranía y los serviles abundaron, se multiplicaron como los que ahora allá en el sepulcro devoran mi cadáver. Luego, cuando no tenga un cuerpo al cual regresar seguiré vagando hasta que los días destripen esta figuración de hombre que nadie ve, que atraviesa paredes de cuartuchos infectos- más infectos que mi tumba- y terminaré fundiéndome con algún sonido de mi ciudad, o en el grito de un niño. Eso sería mejor, ¿ cierto? ¿O me equivoco?Poder soñar lo inconcebible visualizándolo fue siempre mi mayor triunfo sobre la mayoría que me aplastaba. Por eso no me pesa mi muerte. A otros sí, por ejemplo, al balsero. La felicidad si se medita bien sobre ella es un estado de indolencia. De verlo todo en la distancia, de discurrir entre las ruinas, como ahora, sin que te duelan, sin que te toquen. Como una indiferencia. Una ataraxia. Seguramente quien se erigió en Dios en esta isla pensó en ello. Matarnos a todos. Convertirlo todo, desde el cabo de San Antonio a la Punta de Maisí en un enorme camposanto. El paraíso. La felicidad universal condensada en un espacio de tiempo y de tierra. Matarnos a todos, ahora lo entiendo, luego todas las almas vagando de un lugar a otro, sin cuerpo no incurren en necesidades, se pierden las sensaciones, se omite sufrir. Un hombre sabio, pensó en todos nosotros. ¿Ataraxia? No lo duden. Sin ironías, ni acritud, les aseguro que ahí radicará su gran triunfo. No sólo muere el que se va, sino el que se queda. Hay muchas formas de aniquilarte, a tramos. Díganmelo a mi: primero la voluntad, luego el cuerpo, ahorita, en un tiempo no muy largo, el alma. Ni te das cuenta. Genial. Fluctúa en mi conciencia, pero no menguan mis recuerdos. Eso no. Resurgen como lava ardiente. Domingo en el cementerio, y en la ciudad. Me reclino en un ángel. La tarde cae monótona, tiene una luz desalentada y llovizna. Una mujer alta, gorda e inmensa se mueve entre las tumbas, pasa por mi lado. SE detiene un poco más allá, a unos pocos metros lee un epitafio, o eso parece, pero no. Observa las flores frescas que han puesto esta mañana en un jarrón junto al mismo. Sin recato las saca de él y las sustituye por otras, marchitas que trae consigo en una jaba. Se larga sin mirar hacia ningún lado. Su figura y sus gestos me resultan grotescos, eso pienso. Sigo reclinado y ella se pierde entre ángeles y cruces. Hoy sus difuntos tendrán flores frescas. Las marchitas las dejó no sé por qué razón, seguro fue para mitigar su conciencia. Para no dejar el florero completamente diezmado. Una acción de caridad. O un intercambio, lo nuevo por lo viejo. Es alguien, como yo en vida, contaminada por la sociedad del estraperlo. Al más puro estilo de: “Dame eso, que yo te doy esto” Ni en el cementerio tenemos descanso. Ése que está ahí, sepultado, salió bien. Hay quiénes se atreven a más, pero casi siempre son hombres. Grupos de ellos. Saltan el muro trasero del cementerio y se cuelan en él, luego se orientan ( sin luces) no sé cómo pueden hacerlo y llegan hasta los difuntos del día, los recién llegados. Los despojan hasta de los calzoncillos. Aún no apestan. En una noche hacen una fortuna: roban ropas y algo más que se pegue. Nunca se sabe. Al muerto lo entierran con su mejor ropita, la que nunca usó en vida: pantalones de poliéster, camisas de mangas largas, zapatos de última moda, medias buenas, con elásticos intactos, de media caña. Algunos incautos les ponen algún relicario al cuello, cadenas de oro, sortijas. Aunque ya no se ve mucho eso. La gente aprende. A los dos años cuando van a exhumar los restos para enviar los huesos al osario notan la falta de lo no corrompible, pero ¿ a quién acusar? Callan. No acusan, sólo transmiten la noticia oralmente, la única forma que tienen de quejarse, en voz baja,“¡Todo marcha bien!”, grita el faraón. “Compañera, no se queje. Son casos aislados. Eso ocurre en cualquier lugar del mundo. Si expande la noticia dañará a la revolución. Total, qué es la pérdida de la sortija de su marido, o de una cadena de oro que una vez usó, comparados con el prestigio de la Revolución si eso se supiera, ¡por favor, tome conciencia! Hágalo no por su esposo, sino por el futuro, por Fidel” Dirá convincentemente el responsable del cementerio, si es que llega a enterrase, o el presidente del Comité de su cuadra. Me seduce mi propio fracaso. Mi sueño ha fracasado en las metáforas y en las figuraciones. Mi imperio es el de la frustración de un pueblo. Mi victoria es la de poder volcar en un papel mi última confesión, usando como medio corpóreo y con vida convencional a mi amigo. He tasado el peso que tendrán mis confesiones . Resultado: ninguno. No se venderán ni en los mercados de libros al menudeo. Las ruinas de una ciudad no importan a nadie, menos las de un hombre que aún le queda un resuello para comentar sus cuitas. Es deleznable tener sueños. Y soñar lo probable es aún más deleznable. Una apostasía a la vida. Es indispensable devanear sobre lo lejano, lo intangible. Si sueñas sobre lo probable, sufres , implícitamente esperas que ocurra, ¿ Y si no es así? La decepción es gigantesca, aniquilante. Por eso prefiero los sueños extraños, de los cuales estoy convencido nunca se harán realidad. Los proyecto en la mente como una película de ciencia ficción. Siempre lo hice y me fue bien, no declinó en locura. Allí, en el otro cuartón, en el C, está enterrado mi amigo, Jorge, ése soñó con lo probable, ¿ saben que le ocurrió? Terminó fusilado. Ya les contará él, en detalles, sólo les dejo caer algo, de aperitivo. La lluvia ha arreciado, serán las seis de la tarde. No me muevo. No me mojo. Truena, los callejones se convierten en riachuelos sucios, de negrura y desperdicios: restos de tablas podridas, de ataúdes vencidos por el tiempo, la humedad y la indolencia humana, ripios de ropa, y hasta huesitos ( falanges, costillas) No veo ningún hueso largo: fémures, húmeros, y esas cosas... La corriente de agua entre los sepulcros aún no es muy fuerte para arrastra tanto peso. Mañana lunes los empleados del cementerio, cinco o seis hombres alcoholizados, tendrán media mañana asegurada de trabajo duro. También de ganancias. Sin mucho esfuerzo, ni profanar ninguna tumba tomarán algunos huesos para vender o llevar a los amigos que trabajan con el “más allá” a través de ellos. Regreso a mi sepulcro y contemplo lo que queda de mi cuerpo, aún hay bastante. Llevo sólo seis meses muerto. Ha dejado de llover y la noche engulle un trozo tímido de sol, allá, entre las nubes, fracasado.. Me deslizo por la ciudad. Serán las diez de la noche. |
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2:07 PM Jul 11
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que le arropan y se lo comen a cuajos en la tierra. No siento nada. Es como cuando las polillas devoran tus libros, las cucarachas tu ropa o la carcoma tus muebles. Ellos sólo rasgan mi vestidura. Yo estoy fuera de ella, fantasmalmente, a resguardo.




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