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“El hijo de un pueblo prostituido y sin derechos, no puede sin deshonra personal, poner el pie en la casa, confesa o disimulada, de las personas o sociedades que representen al gobierno que prostituye a su pueblo y conculca sus derechos… Mientras un pueblo no tenga conquistados sus derechos, el hijo suyo que pisa en son de fiesta la casa de los que se lo conculcan, es enemigo de su pueblo.”

José Martí, en Patria, el 11 de noviembre de 1892.


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"CANIBALISMO EN CUBA"; UN CASO REAL. SALUDOS.
Topic Started: Friday May 12 2006, 05:34 PM (640 Views)
SEPULTURERO
No Avatar
Puntillazo
[ *  *  * ]
“Canibalismo en Cuba”

“Preveo la desaparición del canibalismo. El hombre está asqueado del hombre.”Stanislaw Lerzy Lec

La prensa sensacionalista no tiene cabida en un país donde lo único sensacional son los planes cumplidos, las zafras por cumplir y unas cuantas cositas más que no viene al caso, pero cuando roté por la especialidad de Medicina Legal, en quinto año de la carrera de medicina, me enteré de algunos crímenes, desapariciones, etc.,que el gobierno jamás publica en la prensa.

En el Instituto de Medicina Legal situado justo al lado del Clínico Quirúrgico de 26 y Boyeros tienen un inmenso archivo donde almacenan por años todos los crímenes acontecidos en la Isla. Un arsenal de documentos. El LCC ( Laboratorio Central de Criminalística o el DTI, Departamento Técnico de Investigaciones) echa mano de ellos cuando tienen algún asunto pendiente que resolver.

Después que todos se marchaban a sus casas, unos cuantos alumnos y un profesor, viejísimo, pero con la memoria de una computadora, nos quedábamos leyendo los files, expedientes cubiertos por una gruesa capa de polvo. María, una joven que siempre andaba conmigo, no dejaba de estornudar. Yo creo que lo único que la retenía allí en medio de tantos papeles y aquella polvareda era la curiosidad. No teníamos otro modo de enterarnos de tantas cosas que ocurrían en nuestra ciudad, a nuestras espaldas. Veladas por aquello de “Vamos bien”

Para que se hagan una idea, el local donde se encontraban almacenados los expedientes era un enorme salón( 150 metros cuadrados, más o menos) repleto de estantes de tres o cuatro metros de altura, de metal. Construidos con barras de aluminio pintadas con esmalte negro, y de ellos, de los anaqueles, sobresalían trozos de cartón donde estaban inscritos los años, así cada cierto trecho sobresalía un cartoncito con un año: mil novecientos tantos... Aunque me pareció ver datas del siglo diecinueve. Creo.

Mario Duquezne, el viejo profesor, que lleva unos años muerto.,aquella tarde, se dirigió a un grupo de expedientes `pertenecientes al año 1980. No puedo precisar el mes, pero extrajo un abultado file de color cartucho no más allá de la mitad del grupo en cuestión. O sea, era un caso acontecido en el primer semestre de ese año, seguro:

“ Estela solía frecuentar la piloto de la esquina de Toyo. De pie junto a una de sus mesitas circulares, de hierro, podía consumir en una tarde, entre las cinco y las diez de la noche, unas ocho pergas de cerveza. Una perga es el equivalente a medio litro de cerveza a granel. Siempre tenía haciéndole sombra un tipo, otro borracho, que era quien terminaba pagándole la bebida. Ella no trabaja en nada. Tenía algunas cuentas pendientes con la justicia y era natural de la antigua provincia de Las Villas. Se escabullía, no tenía domicilio fijo. Un día dormía en la terminal de ómnibus, otro en la de trenes o las más de las veces pasaba la noche en casa del borrachito de turno.

Roberto era un tipo trabajador. Siempre estaba haciendo algo, alguna chapuza para buscarse unos pesos. Era viudo. La mujer había sido atropellada por un auto unos años atrás y él arrastraba la crianza de su hija, Dignora, pelirroja y pecosa, de seis años de edad que mientras él mataba sus penas y su hígado en la Piloto de Toyo, se quedaba con la abuela que vivía a unas cuadras de allí, en la calle Santa Felicia, en un cuartico pequeño con puerta a la calle. La vieja tenía malas pulgas y sabía que sino obligaba su hijo a cuidar de la niña las cosas irían a peor. LO mejor era cuidarla ella y cuando el tipo estaba claro le sonaba sus descargas, su psicoterapia. Sin resultados.

Estela y Roberto se conocieron una tarde en la Piloto. Simpatizaron. Ella le contó una y mil historias. En todas desempeñaba el rol de víctima. Una mujer sin suerte. Él tenía una casita un poco más abajo de donde vivía su madre, en la calle Acierto, en el mismo barrio, Luyanó.

“Estela no ha tenido suerte, está todavía en forma, está buena. No pasa de los cuarenta y yo voy camino de los cincuenta, ¡qué va! Me hace falta una jeva y a mi hija una madre.” Reflexionó a la ligera, seguramente, Roberto, y sin pensárselo mucho invitó a Estela a su casa, a que se quedara allí: “Sin compromisos, Estela. Yo soy hombre a todo”

Ella rió y aceptó. Dejaron de frecuentar la Piloto de Toyo y más o menos alcanzaron cierta estabilidad. Hasta la madre se puso contenta. Su hijo había rehecho su vida. El tipo era un mulo trabajando, inventando. Entraba, salía, inventaba. Hacía trabajitos, chapuzas, cosas menores en el vecindario: arreglaba una tubería que se salía, repellaba una pared, cableaba una casa... ¡El hombre orquesta!

Ella se ocupaba de la niña, pero sin mucho esmero. Estela era muy inestable. Extrañaba su vida anterior. De vez en cuando le decía a él que se iba al campo, para ver a su familia, los extrañaba, ¡mentiras! Se emborrachaba o se empastillaba y se quedaba a dormir con cualquier tipo, o en algún edificio en ruinas, o sencillamente, en lo más profundo de algún matorral. Eso hacía, luego se supo.

A la niña no le caía bien. Muchas veces se lo hizo saber al padre, pero él le restaba importancia: “Ya te acostumbrarás”

Él también comenzó a beber nuevamente, primero se traía alguna botellita de ron que le daban como pago por un trabajo que hacía a algún vecino, luego fue el dinero que ganaba en el trabajo, y se marchaba a la Piloto. Regresaba a la casa borracho, iracundo. Pateaba los muebles, ofendía con rabia a Estela y ella que no era fácil, le iba para arriba, se defendía como una gata, le arañaba, lo rasguñaba y se lanzaban objetos, sin piedad. Una guerra sin cuartel.

El tipo, belicoso, protestaba por todo, pero principalmente por la comida, que si estaba mal cocinada, que si estaba fría, que hacía rato tenía deseos de comerse un buen bistec. ¡Un gran bistec de res!

Después vino una temporada de calma. Alguien aconsejó a Estela, una amiga, y la madre aconsejó a Roberto. No era bueno para la niña presenciar aquellas reyertas.

Un día, sin preámbulos, la mujer, Estela, le planteó al hombre que debían mandar a la niña un tiempo con su familia, al campo: “¿Cómo? Yo no conozco qué clase de familia tienes.. Sólo he visto a tu hermano el chofer de camiones. No, deja la niña con nosotros. Ella no molesta.” Contestó él.

“Papi, por unos días. Así yo puedo dedicarme a un negocito que tengo entre manos, ¿ no quieres jamarte un buen bistecito de res? Pues es pa`dártelo mi chino. Tu verás.”Intentaba convencerle ella.

“¿Qué negocito es ése que te va a llevar las 24 horas del día?” preguntó él, intrigado.

“Mi chino, voy a traer de casa de mi familia casi media vaca. Un hermano mío me va a ayudar, el del camión. Vamos a tener pa`comer y pa`vender. Guíate por mi que tengo luz propia. ¡Ayúdame que yo te ayudaré!” Concluyó ella, categórica.

Roberto accedió después de consultarlo con su madre. Estela se había ganado la confianza de la vieja.

Estela se fue para el campo con la niña y al segundo día, ¡por sorpresa!, se apareció en casa:

“Papi, la niña le dejé con dos hermanas mías. Dentro de quince días la traen de regreso. Mi hermano tiene un viajecito para La Habana. Tú sabes como son los niños, cuando vio que allí estaba suelta y sin vacunar , me dijo que se quedaba. Como está de vacaciones no importa. Aproveché y traje unas libritas de carne fresquita, mira...” Se adelantó la mujer ante la expresión interrogante del marido. Y le mostró una jaba de saco, en el fondo yacía un trozo de carne ensangrentado, envuelto en un nailon transparente.

“Sabroso” Respondió Roberto. Estaba pasado de tragos. Al rato, después de terminar un trabajito en casa de Horacio, un vecino, regresó, trastabillando. Se sentó a la mesa y comió opíparamente: arroz, dos gruesos bistés, poco cocinados, como le gustaban ( los cortabas y rezumaban sangre fresca), y papa fritas. Todo regado con unas cuantas Polares, de botella. “Lo merecía, ¿no?” Pensó. Era todo un lujo comer carne. Un día de fiesta.

Durante una semana sació sus deseos, a los nueve o diez días extrañaba a la niña. La mujer le daba largas al asunto: “Cuando mate una jugada que tengo entre manos voy y la traigo. Es lejos, confórmate. Ahora tenemos jama. Mira el congelador como está, todavía queda carne para una semana más..” Convencía ella al concubino.

Una tarde el hombre regresaba del trabajo, de la fábrica de galletas de sal, y se cruzó con un hermano de Estela, casualmente venía de su casa: “¿Qué, me trajiste a la chama?”

El tipo lo miró, desconcertado. No sabía de qué le hablaban. Una o dos veces había visto a Dignora, la niña, en uno de sus viajes a La Habana, pues era rastrero.

“¿Qué chama, la tuya? Yo no sé dónde está tu hija, Roberto” Respondió el aludido.

El padre de la niña corrió, no veía, cegado. Imaginaba que algo andaba mal, pero nunca le pasó por la mente lo peor. Se había comido, involuntariamente, sin saberlo, a su propia hija. Estela le esperaba en la puerta de la casita, sonreía con desparpajo.

Aún cumple prisión, en un psiquiátrico.

Diagnóstico: “Esquizofrenia paranoide. Personalidad antisocial. Irrecuperable para la sociedad” Así reza al final de su expediente, en el Instituto de Medicina Legal, en La Habana. Los huesos de la niña jamás se recuperaron.

El hombre despareció sin dejar rastro.

José Luis Amiéiro Rodríguez. 13 de mayo del 2006.
















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