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| "EL CAMIONERO"; SEGUNDA PARTE. EL VAGABUNDO. | |
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| Tweet Topic Started: Sunday May 7 2006, 01:41 PM (152 Views) | |
| SEPULTURERO | Sunday May 7 2006, 01:41 PM Post #1 |
Puntillazo
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“El Camionero” ( segunda parte) “A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo, dicen, nunca ha sucedido y es así. Para mí lo primero es la imaginación...”Juan Rulfo. Los cuadernos de Miguel, el camionero, apestan a humedad. Son muchos, más de treinta. La letra es pequeña y apretada, a veces, ilegible. Pero hay una cosa que ayuda más que estar los escritos, crónicas, artículos, relatos o recuerdos ( como quiera llamárseles), separados por días, años o meses, no es así; y es que cada uno lleva su título. Lo cual denota que pensaba publicarlos o que de alguna forma iban a ser leídos por alguien seguramente pensaba algo de eso, sino no se explica su orden. No sé. Es una idea que me hago. Resulta lógico que algunos estén mejor escritos que otros, aunque casi todos, tratan temas interesantes. Iré escogiendo y publicando algunos, los que considero dee mayor interés y que tengan una más calidad. “El Vagabundo” A mediados de los años setenta( principios, 1971) me dieron una rastra para mi, compartida con otro compañero, Leonel. Un Pegaso que siempre iba sobregirado de peso. Cargábamos en él lo que nos pusieran en el vikingo ( especie de trailer): plátanos, arroz en sacos, frijoles... No existían Ocho Vías y tenías que hacer todo el trayecto por la carretera central. Un tarde cargué en el puerto unos cuantos sacos de arroz, llegados de China. Mientras los estibadores iban haciendo lo suyo, rellené la hoja de ruta y luego me senté a la sombra a fumarme un cigarro ( en aquella época fumaba desaforadamente, luego lo dejé cuando el médico me lo aconsejó, un enfisema). Recuerdo que el muro en que me senté hervía, me quemaba las posaderas, entonces puse por medio un libro que llevaba bajo el brazo: El Rojo y el Negro, de Stendhal. Al rato de estar sentado allí se me acercó Leonel, el viejo chofer que sería mi compañero de viaje: - Compadre, nunca he conocido un camionero que lea más que tú. - Mi familia me enseñó, Leonel. Mira, este libro trata de una época que no se diferencia mucho de ésta en que vivimos. Su título lo dice todo: Rojo y Negro. Para ascender en la escala social sólo tenías dos caminos, el ejército o el clero, ¿ qué te parece? Leonel no me contestó de inmediato. Por su expresión reconcentrada trataba de aclarar algo en su mente, un aspecto que no tenía muy claro. - No me cuadra eso.. ¿ Qué época era ésa? Además, ¿ qué tiene que ver con la nuestra? - Fácil, chico, ahora asciendes igual, por el ejército y por... Me interrumpió: - No me vayas a decir que por el Clero, porque entonces sí no hago el viaje contigo, debes estar loco si me respondes eso... Su mirada era de azoro: - No compadre, tranquilo, siéntese. El ejército sí es un modo de ascender, el Clero lo sustituimos por su sucedáneo, el Partido, ¿ copiaste? No hay nada más parecido al Clero que el Partido. Piensa. Se había sentado a mi pedido pero al oír lo del Partido y la pensadera, se levantó, rápido: - Ohh, usted es seguroso o está loco... Mira, los muchachos terminaron de cargar la rastra. Vamos echando.. El tipo estaba acobardado completo. No podía filosofar con nadie. Lo mío era el camión y la templeta, cuando se subiera alguna guarincadilla que pidiera botella, no le cobraba con dinero sino con lo que pudiera darme, era así. La lucha. Arranqué y enfilé para Vía Blanca. Años 70, recuerden el dato. Iba conduciendo yo y Leonel a mi lado, callado. Meditabundo. La gente nos veía pasar y nos clavaba la vista como si el camión nuestro fuera una carroza de carnaval. Llevábamos azúcar para la provincia de Oriente. En Guanabacoa sentí como si un peso o alg golpeara el vikingo atrás. No fue muy fuerte. Una sensación de golpe, sólo eso. Nos apeamos, pero no vimos nada. Arrancamos. Cada tres horas nos turnábamos al timón. Pasando el puente de Bacunayagua recogimos a una mulata de unos treinta años. Dura. De sonrisa franca. Se sentó entre nosotros dos. No parecía ser la tipa que se monta en un camión para pagar con sexo, pero estaba bien para conversar un rato. Iba manejando yo. Leonel se fue para atrás, para la camita que teníamos detrás de los asientos nuestros. Ella llevaba una saya roja ancha y una blusa floreada: las flores eran amarillas y el fondo blanco. Me acuerdo bien. Tenía un problema que resolver en Camagüey, la madre estaba enferma y le llevaba unas medicinas. Me balanceó delante de la cara una jaba de saco donde tenía de todo un poco: penicilina, jarabes, aspirinas. Era una época de carencias. Como las de ahora. Había dinero, en cierta medida, pero no qué comprar con él. Una libra de frijoles costaba veinte pesos, un blúmer sesenta.. Así, más o menos, estaban las cosas. Después de conversar un poco con ella, me preguntó de sopetón: -Oye, ¿ ese negrito que va encaramado encima de los sacos es familia de ustedes? ¿Por qué no lo dejan subir aquí delante, en la cabina del camión? - ¿¡ UN NEGRITO EN EL VIKINGO!? ¡LEONEL, LEVÁNTATE!? Pegué un frenazo brutal, poco faltó para que el Ford que venía detrás de nosotros se jamara al Pegaso. Nos bajamos del camión y me subí al vikingo por una escalera de quita y pon, plegable. En efecto, encima de los sacos de azúcar dormitaba un negro flaco y viejo, vestido con harapos. Ni se había enterado del frenazo. Terminé de subirme hasta la superficie de la carga y tiré de su camisa, apestaba a grajo. Se despertó sobresaltado después de unos cuantos tirones fuertes, me miró con los ojos desorbitados, con miedo. Le pregunté que hacía allí, que sí intentaba robarnos, etc. El tipo estaba paralizado. Sólo hacía mirarme como si yo fuera una aparición. Cuando pasaron unos minutos y ya Leonel estaba conmigo arriba, el negrito estaba agachado, pero continuaba mirándonos de abajo arriba con miedo. - Señor, un poco de agua- pidió con voz débil. - Te doy el agua cuando me digas qué hacías encaramado en la carga de nosotros, ¿ dónde te subiste? - Por Guanabacoa. - ¿Para robar? Era costumbre en aquella época que se subieran a nuestros camiones para robarnos la mercancía e írsela lanzando a diferentes “puntos” por el camino para luego revender el producto en la bolsa negra. Estaba encabronado, si algo se perdía en el camino teníamos que pagarlo de nuestro bolsillo. Estaba iracundo. El tipo se dio cuenta, aunque algo me decía que era un pobre diablo,, aunque cómo nunca se sabe con estas gentes, es mejor hacerse el duro. Lo presione para que confesara. No era policía, ni pensaba denunciarlo, pero su pescozón no se lo iba a quitar ni Dios. - No, yo soy un vagabundo. Viajo por toda la isla de esta forma. No tengo casa. Estuve mucho tiempo durmiendo en la terminal de ferrocarriles, la de La Habana, pero la policía me echó el ojo por lo de la ley de vagos y lumpens y tuve que irme echando de allí, ahora voy para Oriente, me meteré en las montañas por un tiempo, en el conuco de un amigo que siembra café y cuando haga unos pesitos vuelvo a La Habana. Se me iba suavizando la expresión del rostro. Mis músculos se relajaban. -Ven, bájate de ahí para que comas un pedazo de pan con tortilla que tengo en la cabina. Ayudé a bajar al negrito. Se comió el pan con tortilla en un santiamén, con un poco de agua. De vez en cuando nos miraba, asombrado de tanta bondad. Cuando tuvo la barriga llena, le pregunté por su edad y otras cosas: - Tengo 55 años, pero estoy en esta lucha desde los años 60, con cuarenta y poco años. Trabajaba en un central y una vez se formó tremendo lío porque a uno de los que trabajaban allí y que era amigo mío fuerte, le dio la idea, o lo mandaron, nunca lo supo, ¡se lo juro!, de echarle azúcar a los motores del central. Contrarrevolución. Cargaron con todo el mundo, pero la cogieron con él y conmigo. Por poco me vuelvo loco. Estuve preso cinco años. Cuando salí no puede trabajar más en ninguna parte, ni de recogedor de basuras. El socio se ahorcó en la cárcel. Mi mujer me llevó unas cuantas jabitas con cigarros a la prisión, los primeros meses, pero luego se aburrió de eso y se piró con otro tipo, uno del barrio, del Partido...El tipo tenía carro, posición, vestía sabroso..Ná, no importa, la vida es así. Cuando salí de aquella burumba ni casa tenía, ella se había quedado con todo y el tipo me amenazó con hacerme la vida imposible si veía aparecerme por allí de nuevo, tenía el expediente manchado ( contrarrevolucionario). No me daban trabajo ni en los cementerios y me metí a vagabundo. Voy por la isla, como lo que encuentro y me transporto en lo que puedo. Como ahora. En el central era economista, el que controlaba las cifras, ¿ me entienden? Debajo de una mata de jagüey, a un lado de la carretera central, teníamos aquella conversación. - Negro, cuando termines de comerte el pan te subes en la cabina con nosotros. El viaje tuyo, por esta vez, es en primera clase. - Coño miguel, ahí no cabemos todos- protestó Leonel. - Ah, no jodas, donde caben tres, caben cuatro. Él va para donde vamos nosotros, ¡qué más da! ¿No es verdad negro? Y le puse un brazo por sobre sus secos hombros. Me sonrió, francamente. - Gracias, consorte. Hacía rato que no me encontraba en el camino a alguien tan buena gente. Ni me trataban así. Dos lágrimas rodaban por sus mejillas chupadas. Luego todos subimos al camión y el viaje transcurrió sin contratiempos. José Luis Amieiro Rodríguez. Santa cruz de Tenerife. 7 de mayo del 2006 |
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| hantofe | Sunday May 7 2006, 02:36 PM Post #2 |
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Administrador
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Como ya es costumbre, muy buenos los dos artículos del Caimionero. Me recordaste que en la salida de las ocho vías directo a la Via Blanca atravesando Martin Perez, por una calle que se llamaba Central si no me equivoco y por lo que le decían a aquel barriecito con el mismo nombre de la calle, o no sé si era a la calle con el mismo nombre del barrio. Bueno, pues la calle tenía unas pocas cuadras y de acuerdo a mi conocimiento, llegué a varias conclusiones sobre el Barrio Central. Desde la calle hasta el río habían crecido algunas instalaciones con todas las apariencias de llega y pon, pero de altura, no de latas y cartones sino, de cemento y ladrillos que sólo paraba el rio Martin Perez (así le decían) Segundo: En esas poquisimas calles habían unas cuantas iglesias de diferentes religiones bautistas,m adventistas y otras istas, por lo que era una comunidad religiosa. Tercero: Existía algo que demostraba una deficiencia del gobierno, ya a esta altura muy popularizada, y eran dos huecos en el medio de la calle inmensos, de esos que es más barato hacer un puente que taparlos, pero que los vecinos adoraban ese hueco porque constituía un medio de vida para muchos. Salían los camiones de las ocho vías, se internaban en la calle Central, paraban y con mucho cuidado pasaban el hueco y ya está, los muchachones se habían subido en el camión y lanzaban las cosas que no llegaban al piso y de la misma manera se perdían en dirección al rio. Los camioneros no podían caerles detrás, porque perderían el camión entero. Nunca supe si habían arreglado los huecos y ahora me lo has recordado de nuevo. |
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| SEPULTURERO | Sunday May 7 2006, 02:42 PM Post #3 |
Puntillazo
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ASí era Hantofe. Actualmente se utilizan algunos de esos robos, en movimiento. SAludos. |
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| Palita | Monday May 8 2006, 05:05 PM Post #4 |
Puntillazo
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Jose...Que' interesante esto del camionero...Muy bonito este escrito. De veras que SI. Y como ya descubri de nuevo los aplausos...Ahi te van.!!! Saludos. |
![]() ------------------------------------------ Gracias Cisne
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