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“El hijo de un pueblo prostituido y sin derechos, no puede sin deshonra personal, poner el pie en la casa, confesa o disimulada, de las personas o sociedades que representen al gobierno que prostituye a su pueblo y conculca sus derechos… Mientras un pueblo no tenga conquistados sus derechos, el hijo suyo que pisa en son de fiesta la casa de los que se lo conculcan, es enemigo de su pueblo.”

José Martí, en Patria, el 11 de noviembre de 1892.


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""EL PERMUTERO""; Un tipo sui géneris, el permutero.
Topic Started: Wednesday Mar 29 2006, 02:55 PM (499 Views)
SEPULTURERO
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Puntillazo
[ *  *  * ]
NOTA: Gracias por leerme. De corazón. Un abrazo, JL.
Pueden criticar lo que no les agrade. JL.
"EL PERMUTERO"

El Permutero es todo un personaje de la picaresca cubana. Pocas veces se habla de él. Hoy dejaré caer una croniquita sobre uno que conocí en Cuba y que hace unos años murió.
El Permutero es el sustituto en la Isla de la inmobiliaria. Él es una inmobiliaria, ambulante. Hay que ser un lince para desempeñar este “oficio”.
Para ejercer este oficio no basta con quererlo, la persona debe reunir una serie de condiciones un tanto especiales para llevar a buen puerto una permuta.
La primera es tener don de gentes, la segunda es conocer la ciudad en la cual se va a mover. Sus barrios, sus calles y su gente. Para lograrlo debe andar mucho. Hacerlo a pie no da buenos resultados. Las distancias pueden ser muy largas. En auto tampoco, no es rentable. La gasolina está muy cara. Y te echan el ojo. En guagua o en camello, ni pensarlo. Lo ideal es hacerlo en una bicicleta.
Armando era un permutero muy conocido en la Víbora. Una inmobiliaria ambulante. Sus instrumentos: una bicicleta china - marca << Forever>>- y una agenda atada a la parrilla con unos elásticos.
Achaparrado, gordinflón y rubicundo, vivaqueaba por la ciudad, a diario, sorteando baches, furnias, agujeros ocultos, piedras, policías, chivatos, clientes indeseables( porque hay de todo), y un sin fin de obstáculos para los cuales hay que poseer y dominar determinadas técnicas elusivas.
Eso sí, su rostro tenía claveteada una sonrisa feliz, omnipresente. Nunca se le borraba. Lloviera, relampagueara, hiciera frío o calor, el cliente fuera pesado o simpático, no dejaba de sonreír. Decía que su mejor arma era la sonrisa. Creo que se la ponía allí, en su boca, al despertar; aún sin levantarse de la cama.
Vivía a tres cuadras de mi casa, un poco más abajo, en san Anastasio. En un enorme castillo, estilo barroco. Se hizo con él en un cambalache. En una triple. Su especialidad.

Era hipertenso, cardiópata y diabético. Con cincuenta y cinco años le habían dado cuatro infartos y dos comas diabéticos. Pero no seguía mis indicaciones. No rebajaba de peso, no seguía un régimen , teniendo dinero. Por cada permuta en la cual servía de intermediario se hacía de una buena plata. El monto exacto lo desconozco, pero podrían ser más de mil pesos. Un cálculo aproximado.

Modus Operandis:

El hombre salía temprano de su casa, siete y media u ocho de la mañana. Por supuesto, en bici. Se detenía en la Conferencia, en la esquina de Diez de Octubre y Acosta. Por extraño que parezca se tomaba allí el primer café de la mañana. Pero es que en ese lugar recibía las primeras informaciones de día. Los registros realizados por la policía en el barrio, etc. La rubia dependienta era su amante e informante. Con ella no habían escaches, ni casualidades. Tampoco el café que se bebía era la misma agua que se tomaba el resto, el de él era especial de la casa.

Recostado al mostrador a la vista de todos le oía toda la descarga a la rubia, sonriente, inmutable. Sabroso.“A Chicho le metieron un registro en el paladar a las dos de la mañana”
“A Teresa le acaballaron el banco de películas clandestino” Y el tipo sonriendo… “A Marta la trabaron con dos libras de hierba” Inmutable… “ A Gustavo le metieron un registro en casa de la querida, la que vive por Santo Suárez y le confiscaron casi todos los efectos eléctricos”..

Aquella jeva era una enciclopedia en dos patas. No era para menos. El marido era policía. Del DTI. Siempre trabajando, por Provincias. No paraba en casa. Armando era un cabrón. El que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija. Era un refrán que repetía a menudo.

Sorbía el café con lentitud, con displicencia. Lo ojillos pequeños, rasgados, observando la calle. Aquella hora de la mañana la Conferencia estaba repleta de obreros, de mendigos, de estudiantes. No había asientos. Sólo un mostrador sobre el que servían el café -único expendio a esa hora, ah, y tabacos de a peso y cigarros Populares- en unos vasitos plásticos, multicolores: verdes, amarillos, rojos. Con una costra de churre pegada en los bodes y en el fondo. Armando lo tomaba en taza, pequeña, imperceptible en su mano enorme como un guante de béisbol. Como la garra de un oso, enorme y peluda.

La bici recostada a una columna, atada con una gruesa cadena cromada. No llamaba la atención. Aparentaba ser vieja como el medio millón que circulaban por la Ciudad de la Habana. Precaución ante un posible ataque y robo. Eran frecuentes. El secreto del “chivo” estaba en sus engranajes. Buen rodamiento, engrasaditos.

Una vez le dejé caer que se comprara un auto. Que dinero le sobraría para ello. Me contestó que no. No podía ser. Su camuflaje era el ciclo. Por mucho que le siguieran , que sospecharan, nunca se tirarían sino tenían pruebas de que era un maceta. Porque lo era, no cabían dudas. Tenía razón.

¿Y la casa?, le pregunté. “Ah, esa la tengo a nombre de mi mujer. Una herencia, se la dejó el abuelo..; Jajajajaja”

Muchos contactos; en los juzgados, en la policía, en el CDR de la cuadra…En cualquier lugar tenía un socio. “Quien tiene un amigo tiene un central” Otra de sus frases favoritas.

Después de beberse el café se marchaba. Lento, cuesta abajo, por Diez de Octubre con rumbo a Santa Catalina. Explorando, mirando, investigando, con la mirada. Se metía por callejuelas poco transitadas. Cuando veía un cartel de Se Permuta, detenía el ciclo, se apeaba y tocaba a la puerta de la casa, se presentaba. Era limpio, con buena presencia y buena labia. Antes de jubilarse por enfermedad había sido contable en una empresa.

Pocas veces le cerraban la puerta en la cara. La conversación transcurría, en un inicio, por cauces habituales, trillados… “¡Qué bonito este barrio!” “Tranquilo, ¿no?” Ganándose la confianza del cliente. A veces en un primer contacto no se establecía el contrato de palabra. De convertirse en el permutero de tal o más cual persona. Entonces ocurría que tenía que realizar una o dos vistas más. Al final cuadraban.

Cobraba una comisión por gestionarte lo que más te convenía. Por ejemplo, si tenías una casa en el reparto Santo Suárez y querías permutarla por una en el Vedado, el tipo tomaba todos tus datos y lo que querías. Luego tenía una base de datos en su casa, un fichero. Y trabajaba con eso. Él tenía teléfono instalado, pero recuerden que en Cuba eso no es lo habitual. Cuando tenía que conversar con un cliente prefería hacerlo personalmente. Por eso se pasaba en la calle todo el día. Se conocía los 19 municipios, tenía un callejero en su cabeza.

Era un permutero de categoría alta, confiable. Que resolvía. Diez años como tal le conferían un aval de gran fuerza, Un gran prestigio.

Al Paseo del Prado se iba tres veces a la semana y permanecía entre sus leones, de diez de la mañana a una de la tarde. Allí estaba la bolsa de permutas más grande de toda La Habana. A su regreso la agenda venía más abultada. Cargada de información.

Era un punto neurálgico dentro de la ciudad, para temas de permutas. Casi todos los permuteros se encontraban en ese lugar para debatir, discutir e intercambiar “mercancías” La inmobiliaria cubana en su apogeo.

Armando murió hace seis años, en enero del año 2000. Un infarto masivo. Todos los permuteros, o la mayoría de ellos, asistieron a su sepelio. El entierro más concurrido del barrio en la época revolucionaria.

Santa Cruz de Tenerife. José Luis Amieiro Rodríguez. 19 de marzo del 2006.
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