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| Viewing Single Post From: Testimonio de Zoilamerica contra Daniel Ortega | |
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| hantofe | Tuesday Aug 26 2008, 04:29 PM |
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Administrador
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IV. De los 19 a los 23 años: Intensificación del abuso e intentos de escapar Cuando cumplí mis diecinueve años, las actividades que me distraían eran las que realizaba en la Juventud Sandinista, donde se encontraban mis amigos. Fuera de la casa no me sentí segura, pues mis males fueron en aumento, emocionalmente estuve muy quebrantada, las jaquecas desde meses atrás me atacaban constantemente, sufrí sonambulismo, bulimia y reiteradas y profundas depresiones. Creí volverme loca. Los lugares públicos y el grupo para mí fueron negados desde cuando Daniel Ortega se propuso poseerme. Mis amigos me reclamaban mi falta de sociabilidad y pensaron que era cuestión de distinción y falta de humildad al no departir con ello. A la fecha, esta situación no está totalmente superada. A la edad de diecinueve años, con prolongados abusos y agresiones sexuales, permanecí en cautiverio sufriendo constantes daños físicos, morales y síquicos; reitero que emocionalmente estaba quebrantada, sentía que mi madre no me amaba y no llegué a creer en la estima que otras personas tenían para conmigo. Paradójicamente, la casa fue como un obligado refugio, pues en definitivas entendí que allí se encontraba mi "protector", que con seguridad me indicaba la dosis de píldoras que debía tomar para eliminar mis jaquecas y depresiones. Fue él, en verdad, que no me permitió ingerir más de una dosis por temor a que yo pudiese cometer una locura. Al comenzar el año 1986 sufrí de una crisis de salud muy severa, que me impidió ingresar a la Universidad. Ésta consistió en intensos y frecuentes dolores de cabeza, mareos y malestares gastro-intestinales que me indujeron al uso abusivo de laxantes para limpiarme. También hacía uso de las píldoras tranquilizantes que mi agresor me suministraba pero que ya no surtía el mismo efecto, entonces procedí a hacer mezclas de varios tipo de píldoras para sentirme aliviada momentáneamente. A pesar de mi precario estado de salud él no cesó en sus agresiones sexuales. El chequeo médico vino cuando las cefaleas fueron cada vez más fuertes y fulminantes, a grado tales que paralizó mi actividad intelectual casi por completo y me impidió llevar una vida normal. Los diferentes tipos de exámenes que me practicaron (electroencefalograma, oftalmológicos, etc.), tanto en Cuba como en Nicaragua, concluyeron que mis problemas eran de tipo sicosomáticos. Preocupada por la continuidad de mis estudios, me preocupé por primera vez de mi estado físico y acudí con mayor decisión al médico, a quien le confié lo que me estaba sucediendo y lo que había sido de mi corta vida. Quizás fue éste el primer intento que hice para huir de todo aquello. Durante varios meses recibí atención médica para superar mis problemas gastro-intestinal e intentar desarrollar una terapia sicológica. El Médico que me atendía, fue objeto de muchas presiones hasta ser obligado a entregar mi expediente clínico a asistentes personales de Daniel Ortega, además de montarle toda una trama en su contra para evitar contacto conmigo. De mi precario estado de salud, se dijo públicamente que era producto de un agotamiento físico, mental y emocional, derivado de la confluencia de actividades políticas y académicas. La enfermedad agudizó mi aislamiento, la ausencia de madre, hermanos y amigos fue evidente. Mis propios dolores de cabeza eran causa de mi estado de aislamiento casi total, recuerdo que Ana Clemencia cuando en una ocasión me visitó tuvo que marcharse porque de pronto me volvió el mal que no me permitió sostener conversación. Mi aislamiento por mi condición de salud fue tal, que hubieron días que sólo tuve contacto humano con mi agresor y con Alicia; el primero, en condiciones forzadas y en función de sus satisfacciones; y la segunda, se acercaba para darme compañía en los momentos libres que tenía en el cuido de mis hermanitos. Daniel Ortega llegó a llamarme por teléfono hasta cada dos horas, y a veces en menor tiempo para conocer de mi estado de salud, mostrando una supuesta preocupación, siendo él mismo el causante de mi estado. Siempre estuve sola, cercada, sitiada. Daniel Ortega llegó a ubicarse como la única persona con quien tenía la posibilidad de sentirme protegida y segura en términos de mi estado de salud. El sabía qué hacer con mi salud, según llegué a pensar. Hubo momentos en que sentí tanto miedo a las crisis nerviosas que prefería estar cerca de él a pesar de sus vicios y brusquedades, lo importante para mí fue saber qué hacer a la hora de mis depresiones y angustias que me hacían sentir morir. Fue una constante tortura. Realmente, en mí privó un sentimiento de dependencia. Él llegó a ser una especie de persona omnipresente y todopoderosa, era mi única opción posible, y a la vez, el ser del que más deseaba liberarme. Obviamente, Daniel Ortega fue creando ambientes y situaciones favorables a él para ubicarme en una relación de extrema dependencia y respeto político, el grado fue tal, que llegué a creer que solamente él era conocedor de mis estados emocionales y quien sabía perfectamente el tipo de medicamento o píldora a suministrarme. En el más soberano irrespeto a mi estado, Daniel Ortega empeoró sus prácticas sexuales conmigo buscando lugares de mayores riesgos, me citaba en la oscuridad de la cocina, a media noche o en horas de la madrugada, me hizo caminar sin ropa por los rincones, moverme de diferentes maneras buscando su excitación. Llegó, en un momento determinado, a utilizar objetos contundentes y a proponerme introducirlos en mi vagina. Me trató peor que a una mujer que vende su cuerpo. Siempre se refirió a mí ordenándome sobre cómo ubicarme para su mayor satisfacción, me insultaba con palabras vulgares y morbosas. Siempre ordenó y no tuve valor ni fuerza necesaria para resistirme. Viví temiendo ser encontrada por alguien en la casa, viví pendiente de esto todo el tiempo; por un lado deseé escapar definitivamente, y por otro, me dio miedo que se conociera la verdad para no ser rechazada ni odiada. A él siempre lo observé tranquilo, sin preocuparle nada de estas cosas que yo pensaba y sentía. Deseando huir de la situación insostenible en que me encontraba, decidí realizar estudios de inglés en Inglaterra, constituyéndose además en una segundo gesto de preocupación por mí, pues además de pensar en mi superación académica, pensé en la oportunidad que se me presentaba para escapar de aquel áspero mundo. Sin embargo, el intento fue fallido, pues Daniel Ortega se encargó de llamar telefónicamente todos los días, sin importarles horarios, fue igual una llamada a las 3 de la madrugada que a cualquier otra hora. No logré estar fuera de su alcance. Las llamadas telefónicas fueron un recursos que utilizó con bastante frecuencia cuando no era posible el contacto físico, en ellas me pedía que le recordara escenas de las prácticas sexuales para excitarse y masturbarse. El teléfono llegó a significar para mí un objeto que llegué a temer, del que sentí rechazo. Estas llamadas las hizo a teléfonos públicos de la Escuela en Inglaterra, lo que me provocó tensiones, claustrofobia, angustias, desesperaciones y miedo a un país desconocido, a un ambiente distinto; entonces, a los quince días tuve que regresar a Nicaragua. Durante toda mi estancia en Inglaterra, una joven de Seguridad personal me acompañó a solicitud de mi agresor. Yo confié en ella, creo que necesitaba confiar en alguien. En lo que pudo me ayudó mucho. Una vez de regreso, se acentuó la sensación de no tener escapatorias ni varios miles de kilómetros de Nicaragua, estaba fuera del alcance de la persecución y el acoso. Pensé que tenía que resignarme al fin. En este período, más que ningún otro, llegué a creer con mayores fuerzas que mi destino era soportar aquella vida, sus aberraciones. Me preguntaba sobre la certeza de la supuesta estabilidad emocional que le daba y del rol que, según él, yo tenía en la revolución: ser su objeto sexual disponible permanentemente. Ese era, pues, mi aporte a la revolución, según debía interpretar. De esa manera no sólo me interné en el silencio, sino que obligó a estar sumergida en su descomposición y corrupción desde el poder. Mi madre, días después de mi regreso de Inglaterra, se sensibilizó - eso creí- de mis problemas de salud e intentó ayudarme, me brindó la posibilidad de colaborar con las actividades logísticas de su oficina, en la Asociación de Trabajadores de la Cultura (Abril 1986), lo que me permitió tenerla cercana y conocer sus grandes cualidades como artista y profesional. Disfruté mucho acompañarla en sus reuniones, compartir jornadas de ejercicios físicos; por primera vez en la vida mi madre me valoraba y por lo menos me hizo creer que se sentía orgullosa de mi trabajo. La vigilancia se reforzó ante mi momentánea salida de su área de control e influencia -me encontraba trabajando en la ASTC-. Cada vez que a él se le hizo difícil localizarme, procedía a formular interrogatorios sobre posibles relaciones con otros hombres, inventando escenarios y tramas que eran parte de su excitación. Desde los once años me sentí vigilada, desde entonces conocí el espionaje. Viví en un permanente estado de sitio. Hacia los hombres desarrollé temor, no me gustó sostener con ellos ningún tipo de contacto físico, no aceptaba siquiera como saludo un beso en la mejilla, detesté el licor y no me gustaban los cumplidos a mis atributos físicos. Toda alusión a mi cuerpo la tomaba como ofensa, pues lo que recibí siempre fue morbosidad. Por esa razón, nunca me sentí a gusto en círculos o actividades social-recreativas. Evidentemente, Daniel Ortega había logrado mi inhibición y ensimismamiento, pues para mí, él era el prototipo de los hombres y no deseé que nadie me hiciese más daño. Pensé que los hombres sólo sabían de morbo. No conocía un hombre que me tuviese carino sin intenciones sexuales, él no me permitió establecer ni profundizar relación con algún hombre. Mi temor a él se trasladó a todos los hombres, y fue como no querer recibir más daño. En una ocasión, mi propia madre impidió relaciones de amistad con posibilidades a noviazgo, cuando advirtió a un amigo con quien tuve mucha identificación y afinidad, diciéndole: "ahí no te metas, no te conviene... vas a hacerte daño". Exactamente no sé si se refirió al cerco que tenía montado sobre mí Daniel Ortega, o, a mi actitud respecto a él. Yo no he logrado entender el porqué mi madre aparentó una actitud de resignación ante la posesión que sobre mí tenía su compañero de vida. Los intentos de vínculo afectivo con mi madre se vieron frustrados, pues para mí resultó difícil ser usada por Daniel Ortega sistemáticamente en la biblioteca de la casa y en su oficina, y luego compartir tiempo de trabajo o de intercambio materno-filial. Hay que recordar, que de ella solamente tenía las referencias de prepotente, agresiva e impositiva que él mismo me inculcó. Sinceramente, llegué a admirar su trabajo y a tenerle aprecio, por lo que hice esfuerzos por evitar situaciones desagradables, como ejemplo que se manifestara algo que dejara entrever la situación que sobre mí imponía su compañero. Hubo momento que fingí estados de ánimos, que oculté situaciones y nunca me permití pedirle ayuda por falta de confianza. Estaba segura que si volvía a mencionar el asunto, de alguna manera me culparía y me castigaría. Sí, tuve miedo a perderla de nuevo, aunque la recuperación no había sido total. Mi aislamiento y soledad continuó siendo la constante de mi vida. Fue Daniel quien me obligó a suspender mis labores en la ASTC (inicios de 1987), diciendo que mi madre empezaría a tratarme mal y a vengarse con ofensas, que esa buena relación no duraría mucho. Nuevamente cedí ante las presiones de mi agresor, le informé a mi madre mi decisión de retirarme de su oficina, a la que reaccionó con resentimiento y rechazo, pues pensó y reiteró el viejo argumento de que yo mantenía una relación voluntaria con Daniel Ortega y me retiraba de la ASTC para reiniciarla. Creo, que de alguna manera pensó, que tenerme cerca de ella me protegía y me mantenía alejada de mi agresor. Ninguna de las dos se atrevió a abordar el asunto de manera clara y contundente, ya habían pasado cinco años desde la última alusión sobre el asunto. Ambas estábamos siendo silenciadas por el poder de Daniel Ortega y sus vicios. La cercanía con mi madre duró apenas 7 meses. Esa fue la primera y única oportunidad que ambas tuvimos, al menos en el ámbito de una relación laboral. Como resultado inmediato de mi retiro retomó las posiciones de antes, dejó de comunicarse conmigo totalmente y volví a sentir su lacerante indiferencia. En este período cumplí mi mayoría de edad, quizás por eso recibí un trato que fue más allá de cualquier consideración a mi condición de mujer, mi dignidad fue más severamente lesionada con sus exasperantes prácticas sexuales. Sus atrevimientos llegaron a grados tales, que no le importó citarme a la Casa de Gobierno, en el lugar de descanso de su despacho, e intentar ahí mismo sostener relaciones en presencia de terceros, obligándome a ingerir licor para vencer la vergüenza y la timidez. A nivel social, todavía mantuve un marco de relaciones restringidas, pues debía compartimentación y secreto para beneficio de la revolución, según me decía. Él continuó alimentando mis miedos y dependencia. Cuando estuve totalmente dependiente, yo misma, a veces, requería llamarle ante la inminencia de una nueva crisis de salud, o bien, pedirle autorización para participar en algún asunto especial de la Juventud Sandinista. Mi agresor llamaba constantemente a la casa para controlar mis entradas y salidas o saber de mi paradero cuando no me encontraba en casa. Llegué a tener dos tipos de conducta e interacción con él: la primera, durante sus prácticas sexuales donde yo no hablaba, solamente recibía órdenes; y la segunda, cuando me llamaba por teléfono asumiendo su papel de protector, de líder, de padre. Siempre lo miré como si representaba a dos personas en una, eso alimentó mis confusiones. Para desahogarme hacía ejercicios constantemente. No he visitado a la fecha una discoteca. Yo continuaba siendo un objeto sexual de él. En este período, logré expresarle por primera vez mis sufrimientos, le reclamé por sus ultrajes en sus prácticas sexuales, a lo que reaccionó calificándome de lesbiana por no gustarme lo que me hacía y enseñaba, para luego abundar en explicaciones persuasivas, tales como: mi destino era ese, mi vida no era perfecta, que debía agradecer a la vida ciertos privilegios y que la fatalidad la llevaba escrita en mis ojos. Fue en 1986 que intenté huir de la casa y de sus imposiciones brutales e injustas, pero ésta no duró mucho porque me obligó a regresar nuevamente. En esta ocasión estuve dos días donde una amiga y luego donde mi tía Violeta, también le solicité apoyo a mi mamá, atendiendo sus sugerencias de irme lejos, pero no lo hizo, más bien dijo que procediera por mi propia cuenta. Daniel Ortega emprendió una secreta pero intensa búsqueda de mi persona, encabezada por mi hermano Rafael con el apoyo de escoltas. Éste me ubicó en casa de una amiga y a pesar de mi negativa, finalmente comprendí que mi amiga corría riesgos por el hecho de refugiar a la hija del Presidente de la República de Nicaragua. Busqué hablar con un amigo cercano a mi agresor, para persuadirle que me dejara vivir en otro lugar y hacer mi vida. Esta persona sólo pudo ofrecerme un local donde habitar. Una vez trasladada a ese lugar, la persecución continuó. De sus labios salieron argumentos como estos: "te quiero a ti no a tu mamá, pero el costo político de que esto se sepa sería enorme", tratando de convencerme de que lo suyo era amor y que por ello debía sentirme orgullosa. Siempre me trabajó la mente para asumir una complicidad natural, sin que me cuestionara su traición a mi madre ni su inmoralidad. Nuevamente regresé a la casa vecina de la familia Ortega Murillo. Mi madre envió al mismo cuarto que ocupé a un menor, hijo de una las trabajadoras domésticas, lo que no impidió su presencia a fin de tocar mi cuerpo y ordenarme seguirlo. Cuando no era posible, me llamaba por teléfono orientándome ir a la biblioteca, a la sala cuando estaba vacía, al área cercana a la lavandería, obligándome a tener relaciones en escritorios, en el piso, en muebles o dónde se le ocurría. A veces me indicaba que me apareciera sin ropa interior. Daniel Ortega conoció de mi participación en actividades políticas fuera de Managua, mandó a sus escoltas por mí y me llevaron a la casa de protocolo de la Comandancia General del Ejército, y bajo el pretexto de que se sentía sumamente deprimido procedió una vez más a usar mi cuerpo. En varias ocasiones, mi madre supo de los encierros en la biblioteca, dirigiéndose al lugar y emprendiéndola a golpes y patadas contra la puerta, desde afuera gritaba que sabía quiénes nos encontrábamos allí. Él me lanzaba por la ventana que comunica con la casa vecina que estaba habitando, y por ese lado lograba escapar. Recuerdo claramente los minutos prolongados de taquicardia y el pánico ante la posibilidad de ser golpeada por mi madre. De aquella situación me sentía culpable porque imaginaba lo humillante que también para mi madre representaba aquella situación, aunque me considerara parte del problema. Ambas estábamos siendo víctimas. Escapar por una ventana me hizo sentir delincuente y sucia. Fue denigrante huir a veces con la ropa interior en mis manos. Estuve sometida a realizar relaciones sexuales forzosas y a estar bajo presión constante por estar haciendo algo escondido y la posibilidad de ser descubiertos por mi mamá. Así fue también durante las campañas electorales (1984 y 1990), me indicaba que estuviera despierta a su regreso en horas de la madrugada para lo mismo. Yo debía estar siempre lista y dispuesta a trasladarme a la biblioteca o que en algún rincón del cuarto o el baño, en una silla, para no ser advertido por el niño que dormía conmigo, proceder a abusar sexualmente de mi y ponerme de la manera que él deseara. Muchas veces sentí que de no hacerlo estaba faltando a mi obligación. Sí, era una especie de venadito amarrado a expensas del amo o su dueño. Los malestares continuaban y se profundizaban. Durante todo este tiempo mi agresor acostumbró el uso de preservativos. En un intento de presionarme públicamente, mi madre confió a un familiar cercano que por mi culpa Daniel Ortega se estaba alejando de ella. Esta persona la emprendió contra mí, me culpabilizó y me pidió dejar de hacer daño. Definitivamente, ya me sentía rechazada por todo el mundo y hasta por mí misma. |
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7:15 AM Nov 25