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¿Que parte de este informe no entienden Barack Obama y Hillary Clinton?
Ahora, un informe del Servicio de Investigación del Congreso (CRS, por sus siglas en inglés) registrado en la Biblioteca del Congreso de EE.UU. ofrece lo que el gobierno de Obama no ha provisto: una revisión legal seria de los hechos. "Fuentes disponibles indican que los poderes judicial y legislativo aplicaron el derecho constitucional y estatutario en el caso del presidente Zelaya de una manera que fue interpretada por las autoridades hondureñas de ambas ramas del gobierno como conforme con el sistema legal hondureño", escribió en su informe la especialista en derecho internacional del CRS Norma C. Gutiérrez.
¡En esta foto nada más que faltó Obama!
¡MANOS FUERA DE HONDURAS!



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hantofe
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III. De los 15 a los 18 años: Violación continuada

Desde Costa Rica vino fraguando la violación y la apropiación de mí, nadie podía detenerlo, siempre se encargó de aparentar lo contrario de lo que en realidad fue conmigo; no lo detuvo nada, los esfuerzos de mi tía Violeta fueron vanos y aquel débil reclamo de mi madre. A pesar de las sospechas de personas que le rodeaban, no se atrevieron a tocarle el tema ni a sugerirle nada. Él fue y sigue siendo un hombre de mucho poder en este país.

Daniel Ortega Saavedra me violó en el año de 1982. No recuerdo con exactitud el día, pero sí los hechos. Fue en mi cuarto, tirada en la alfombra por él mismo, donde no solamente me manoseó sino que con agresividad y bruscos movimientos me dañó, sentí mucho dolor y un frío intenso. Lloré y sentí nauseas. Todo aquel acto fue forzado, yo no lo deseé nunca, no fue de mi agrado ni consentimiento, eso lo juro por mi abuelita a quien tengo presente. Mi voluntad ya había sido vencida por él. El eyaculó sobre mi cuerpo para no correr riesgos de embarazos, y así continuó haciéndolo durante repetidas veces; mi boca, mis piernas y pechos fueron las zonas donde más acostumbró echar su semen, pese a mi asco y repugnancia. Él ensució mi cuerpo, lo utilizó a como quiso sin importarle lo que yo sintiera o pensara. Lo más importante fue su placer, de mi dolor hizo caso omiso.

Desde entonces, para mí la vida tuvo un significado doloroso. Las noches fueron mucho más temerarias, sus pasos los escuchabas en el pasillo con su uniforme militar, recuerdo clarito el verde olivo y los laureles bordados en su uniforme aún cuando él no se encontrara en el país. Su imagen invadía toda aquella casa y me acechaba constantemente, el terror fue una situación permanente en el ambiente que habité, sintiéndome cada vez más impotente. Llegué a sentir que era mi dueño y temí mucho la reacción de mi madre si le llegaba a contar lo sucedido, estaba convencida de que no me creería, por eso preferí callar. Para mi madre Daniel Ortega llegó a significar todo.

Sí, me llegué a sentir posesionada por él, por lo cual sería rechazada y culpada por todo el mundo. A mí nunca me creerían -a cuenta de qué, si era chavala y él les representaba muchos ideales-. Evidentemente, todas esas personas han estado equivocadas, no conocen lo que en verdad es.

En este período continué sintiendo que mi madre no me quería y me debatí en un mundo de mucha negatividad, inseguridad e incertidumbre, no llegué a pensar en mí en tanto mis deseos y aspiraciones, sino en tanto el animalito que estaba cautivo en aquella casa, de quien hacía uso y abuso el hombre que suponía ser mi padre. Razones para callar las tuve desde mi propia realidad y temores, ¿a quién acudir?. Me confundí tanto que lo llegué a considerar indispensable para mis necesidades y protección en aquel ámbito solitario, lo poco que pude haber recibido de aquella casa fue lo que él me ofreció a costa de mi silencio y sumisión. Su total apoyo fue garantizado mientras mi mansedumbre durara y me mostrara en todo momento dispuesta a ser objeto de sus placeres sexuales.

En el último trimestre de 1982 me movilicé en una brigada de corte de café. No duré todo el período porque tuve una severa crisis nerviosa con fuertes dolores de cabeza, asfixia, vómitos y parálisis en las caderas y piernas que obligaron mi regreso temprano. El médico que me asistió diagnosticó causas sicosomáticas, yo no supe en ese entonces qué significaba aquello, adquirí conciencia de la dimensión del daño varios años después.

A pesar de haber cumplido el tratamiento indicado, las crisis continuaron. Mis encierros en el baño fueron más frecuentes, no deseé escuchar los regaños de mi madre porque no lograba sobreponerme, afirmaba que era cosa mía. Semanas después, Daniel Ortega empezó a suministrarme pastillas tranquilizantes (valium) a escondidas de mi mamá, argumentando que con ellas no necesitaría nuevos contactos médicos. Con esas dosis de pastillas transcurrí un buen tiempo, él, personalmente, me las aseguraba.

Al año siguiente (1983), me cambié de colegio por vergüenza de mi enfermedad y de mi regreso temprano de la jornada de corte. No deseaba que nadie se enterara de lo que me sucedió. Fue entonces que ingresé al Instituto Experimental México, donde incrementé mi participación política y se afianza mi conciencia y compromiso revolucionario.

Cuando empecé mis actividades en la Juventud Sandinista 19 de Julio, recuerdo perfectamente que Daniel Ortega se ofrecía para ayudarme a realizar algunas tareas que me encomendaban, orientaba a sus secretarias confeccionar tickets de kermes, pasar informes en limpios, entre otras asuntos. Él siempre se mostró dispuesto a ayudarme en mis actividades, buscó distintas formas para acercarse a mí, para lograr concretar sus intenciones, tal y como sucedió cuando me hizo pasar a su oficina personal, donde también abusó de mí.

Es a partir de mi incorporación política que Daniel Ortega vincula sus actos en mi contra, en el contexto político del país y de la Revolución Sandinista. Me decía insistentemente que yo contribuía a su estabilidad emocional ante la supuesta frialdad de mi mamá. Así me lo hizo creer y Ante mí, constantemente la descalificaba en su rol de compañera de vida, promoviendo en mí una imagen distorsionada. Su Chantaje llegó a tal punto que me provocó lástima y un sentido de obligación moral.

Él construyó justificaciones a su conducta, bajo el argumento de que yo, mediante la consumación del acto sexual, le proporcionaba estabilidad emocional, aunque mi respuesta fuese de total pasividad, y por ende, no existiera ningún tipo de intercambio, comunicación ni afecto.

Él pensaba que alguien tan ocupado sólo necesitaba sexo y que yo era la indicada a dárselo. Él me manipuló y me concibió como objeto sexual de un líder que se lo merecía todo. Así fue que sucedió durante seis años, haciéndome creer que con mi sacrificio aportaba y protegía a la Revolución, por eso para mí no fue tan importante el valor y la estima propia, todo lo que él hacía en mí era por la Revolución. Llegué a sentir en mis hombros el insoportable y torturante peso de ésta.

Daniel Ortega decía que yo estaba emocialmente muy mal, que no podía trabajar y me chantajeaba afirmando que cualquier decisión mía afectaba su persona y a la Revolución, que solamente yo le daba tranquilidad de espíritu y así podía cumplir mejor con los altos deberes para los cuales lo citó la historia. En diferentes momentos, me afirmó que la felicidad no existe, que la vida es un valle de amarguras y que debía aprender a vivir con lo que él me daba, porque nunca tendría algo más que eso. Buscar la felicidad para uno, en su concepto, es un acto egoísta y ponerse por encima de la Revolución.

Cuando empecé a realizar actividades estudiantiles y políticas fuera de la casa, ya contaba con mis quince años cumplidos. Las medidas de seguridad -mejor dicho, de control- se incrementaron considerablemente. Fue notorio que éstas se exacerbaron más en mí que en cualquier otro miembro de mi familia e hijos de otros dirigentes. Él me asignó un chofer y escoltas que en ocasiones me ayudaron a burlar los horarios y sus medidas; éste fue un intento de evitar mi vinculación con muchachos o amigos.

Daniel Ortega, personalmente, interrogaba a los conductores sobre las actividades que yo realizaba, creo que en el fondo temía en la posibilidad de que intimara con alguien y les confiara mi situación, o que bien, a través de mis relaciones políticas y sociales adquiriera conciencia de la gravedad de los hechos a los que él me estaba sometiendo y el daño personal que me causaba. Llegué a creer que mi sacrificio realmente aportaba a la Revolución. Sin embargo, nunca estuve consciente de los altos costos que esto traía para mi desarrollo individual.

Ahora, consciente y en pleno conocimiento del daño y de las secuelas, entiendo que durante mi adolescencia generé mecanismos de evasión que limitaron el desarrollo de mi propia conciencia, busqué formas de escape, de olvido de la vida que tenía, pero era imposible, mi cabeza era un rodeo de imágenes y fantasmas. La dimensión del daño lo entendí varios años después, siempre fui una joven enfermiza, débil. Daniel Ortega siempre pretendió mi encierro, nunca deseó mi crecimiento personal y sicológico, mi despertar. Me mantuvo por muchos años en el oscurantismo sobre la vida y sobre mí misma, me desplazaba en un mundo muy limitado y restringido. Él es el culpable de la destrucción de mi adolescencia y juventud. Los daños en mi cuerpo y en mi mente han tenido consecuencias irreparables.

En esta etapa, Daniel Ortega esperaba mi regreso de clases todas las tardes en la casa. Recuerdo, que intenté varias veces quedarme en el Colegio con la excusa de participar en reuniones, pero orientaba al Puesto de Mando localizarme vía telefónica. Una vez en casa, la escena se repetía una y otra vez.

El acto sexual siempre siguió los mismos patrones de agresividad. En varias ocasiones logré que no me quitara la ropa para no sentirme desnuda. Me atemorizaba mucho la prolongación de las sesiones con la puerta bajo llave, tenía que persuadirlo de que me dejara en paz, pero él continuaba hasta satisfacerse completamente.

Durante aquellos actos cerraba los ojos, no quería verlo desnudo o semi-desnudo. Por esa razón, no conozco partes de su cuerpo, pues me resultaba asqueroso. Mis ojos cerrados fueron una especie de valla de protección mental, aunque mi cuerpo estuviese siendo violado continuamente. En la oscuridad interior logré soportar todos aquellos bruscos e hirientes movimientos. Para mí eran, sencillamente, inexplicables aquellos actos y actitudes hacia mí.

Sus prácticas sexuales, haciendo uso de mí, las realizó en sillas, haciendo posiciones extrañas y me obligaba a decirle frases obscenas a fin de excitarlo o realizar sus propias fantasías, las que nunca fueron mías pues lo que viví fue un infierno. En su vulgaridad y morbosidad, me hacía repetir insultos en mi contra u obligarme a responderle afirmativamente a las siguientes preguntas: "¿Verdad que sos puta?, ¿verdad que te gusta que te pegue?, ¿te gustaría hacerlo con dos penes?", etc.

Daniel Ortega me infundió temores hacia mi madre. Me chantajeaba diciéndome que ella sabía todo lo que pasaba y que su rechazo hacia mí era para siempre. Mi madre, según él, jamás me perdonaría. Por otro lado, la indiferencia y el maltrato de ella deterioró mucho la comunicación entre las dos.

Las supuestas atenciones de mi agresor fueron en ascenso, incluso, en cosas que me hicieron creer que se trataba de algún tipo de afecto, aunque persistieron las lesiones a mi cuerpo y mi salud mental, eso me causaba tremendas confusiones. En él siempre hubo una actitud obsesiva a grados tales de hacerme poemas y cartas donde reiteraba sus mensajes de chantajes afectivos, insistía en decirme hablarme de su supuesto amor por mí, hizo múltiples llamadas telefónicas desde el exterior y me traía regalos especiales al regreso de sus viajes, y según él, dedicó tiempo para cultivarme, compensando así, seguramente, su daño. Mi confusión fue tremenda, no sabía qué significaba Daniel Ortega en mi vida, porque además de seguro agresor, de momentos se comportaba como protector, lo miraba como líder político, sentía asco por su vulgaridad, y no sé que más. Lo que es peor aún, llegué a sentir que era la única persona que atendía mis necesidades humanas, pero a la vez me concebía su propiedad personal y estuve sometida a sus designios.

También me dio interpretaciones míticas de lo que estaba viviendo. Me decía que la vida me había conducido hacia él, después de tantos años de lucha, como una especie de premio y que esas condiciones difíciles eran parte de mi destino. Él buscó formas de deformación de mi dolor y sufrimiento, trató de justificar sus actos violentos y lo adjudicó a algo predestinado. Me decía que en mis ojos se notaba mi predestinación hacia él, quien me daba al fin y al cabo amor, aunque éste fuese a como era.

Me fue imposible buscar ayuda en mis familiares maternos, pues la política los dividió. Mi abuelito fue confiscado por la Revolución y mis tías se separaron de mi madre por razones que desconozco. Esta situación me agregaba mayor inseguridad, pensé que podrían rechazarme por los problemas que tenían con mi mamá. Confiar en otras personas era algo imposible, quizás por mi propia vergüenza y miedo.

A lo único que me atreví a compartir con algunas profesoras fueron los problemas con mi madre, pero nunca dije los motivos reales. Y fue en este momento de extrema necesidad de amistad y compañía que conocí a Ana Clemencia, quien desde entonces ha sido para mí una gran amiga y soporte importante a lo largo de muchos años.

Mi madre continuó teniendo evidencias de los actos de Daniel Ortega y del deterioro de mi personalidad. En 1983 habló conmigo, diciéndome que le estaba arruinando su vida y la de mis hermanos, me propuso que me fuera a Cuba. Ella me estaba culpando de la situación y su solución era irme al exterior -a una especie de exilio- para que Daniel Ortega me dejara en paz y yo, a su vez, dejara en paz a ella y a la familia. Resultó que YO era el problema de la familia. Para mi madre, aquella relación era con mi consentimiento, lo que en verdad nunca ocurrió; yo fui objeto de violaciones, abusos y agresiones permanentemente en su propia casa por Daniel Ortega. Tuve mucho temor de irme a Cuba, pues sentí que lo haría bajo condiciones de abandono y expulsión de mi familia. También me sentí muy frágil, y tal como sucedió cuando fui a la primera jornada de corte de café, mi salud sucumbió y me quebranté ante imágenes, malestares emocionales y físicos, manifestaciones de tristeza, angustias y feos recuerdos. Mis traumas y debilidades eran cada vez mayores. Pensaba que si me iba a Cuba me enfermaría y que perdería a mi familia. Daniel Ortega me decía que mi madre se vengaría de por vida de mí, dado que siempre ha sido rencorosa y de esta forma se deshacía de mí. No tuve más remedio que el silencio, pero dentro de mí un mar de contradicciones y suposiciones me invadieron. No acepté irme, tuve terror de caer enferma y no poder decir lo que en verdad me ocurría, no poder decir las cosas que sucedían en mi cabeza.

El decaimiento y la depresión fueron mi constante, mis actividades sociales se circunscribieron a las actividades políticas, los círculos de amigos me los negué o fueron frustrados. No me atreví a establecer relaciones de amistad por temor al rechazo, por la suciedad que sentí. Mis dolores de cabeza se intensificaron, a lo que él justificaba como producto de mis actividades políticas y los estudios, me instaba a resistirlos por ser un asunto de conciencia, y me ponía ejemplos de otros líderes.

La discriminación de mi madre llegó hasta desvalorizar mi participación política, decía que mi objetivo era llamar la atención de Daniel Ortega y competir con ella. Su rechazo continuó hasta el punto de presionarme para que me trasladara a vivir a la casa vecina y así, según ella, librarnos todos del conflicto. Entendí en sus presiones rechazo y desprotección hacia mí, pues me estaba asumiendo como el problema en su relación con Daniel Ortega. Desde su óptica yo era la responsable de toda aquella situación.

Finalmente, sintiéndome rechazada y presionada me trasladé a la casa contigua a la que habitamos, convirtiéndome en la vecina de mi propia familia. Esta casa se comunica con la otra a través de un pasadizo, lo que fue perfecto para mi agresor, pues se le facilitaban sus cruzadas cuando lo deseaba sin vigilancia externa. En esta casa dormían las trabajadoras domésticas, yo viví ese tiempo entre ellas, cruzándome también de cuartos en busca de protección. Mis necesidades alimenticias y de servicios fueron desatendidas por instrucciones de mi madre, fue un castigo. Prohibió que me pasaran comidas, dejó de abastecerme de ropa y suspendió toda comunicación conmigo, no me dirigía la palabra para nada. Cuando deseaba ver a mis hermanitos tenía que hacerlo a escondidas, en horas que ella no se encontrara a fin de no provocarle molestias, o bien, que no me sorprendiera en las entradas y salidas. Alicia muchas veces me los llevó a escondidas a la otra casa para estar un rato con ello.

Las trabajadoras domésticas trataron de ayudarme, sentían mucha lástima. Ellas se arriesgaron a darme de comer a escondidas, las instrucción de mi madre fueron terminantes. A veces mi madre me vestía con la misma ropa que les compraba a las trabajadoras. De esta situación fue conocedor Daniel Ortega, quien solicitó de forma sigilosa a las trabajadoras que me suministraran alimentos con mucha prudencia; luego, me facilitó dinero para que contratara a una empleada particular. Él, de alguna manera, se había constituido en la única persona que mostró preocupación por atender mis necesidades materiales.

Mi adolescencia y los primeros años de mi juventud, los concluí marcada por las secuelas de seis años de agresión y acoso. Mi familia no estaba siendo mi familia, me convertí en un ser solitario, cautivo y triste. Mi situación era lamentable, estaba seriamente afectada y mi crecimiento sicológico no fue normal. Las diversas crisis nerviosas que enfrenté me hicieron muy frágil, con profundas depresiones y vulnerabilidad. A mis quince años no tenía conciencia de mí misma, el concepto auto-estima lo desconocía, nadie nunca me habló de ello.

En estos años, mi historia se resumió en ser el objeto sexual que Daniel Ortega usó para satisfacerse, que con atenciones y manipulaciones me hizo ser muy dependiente de él, a pesar de mi dolor y rechazo. Yo nunca quise esa situación para mí, pero no sé cómo la viví y traté de sobrevivir, quizás sin proponérmelo.

En dos benditas ocasiones participé en jornadas completas de cortes de café en las haciendas de Matagalpa, gracias al apoyo que siempre me brindaron mis amigas más cercanas. Él, al menos cada dos semanas, buscó la forma de llegar a Matagalpa y a escondidas de mi madre me visitaba o me mandaba a traer con sus agentes de seguridad, quienes me llevaban a la casa de protocolo de Matagalpa. Recuerdo que en una ocasión me hizo venir a Managua, sólo porque él así lo deseó y usar mi cuerpo.

Durante ese tiempo mi agresor montó todo un cerco de seguridad en torno mío. Las veces que yo salí a los cortes de café, por lo menos me hizo acompañar de cinco escoltas, más el jefe. Su propósito fue mantenerme aislada de los demás jóvenes, por esa razón siempre dormía aparte, retirada de mi escuadra. Solamente dos o tres amigas podían estar cercanas a mí, a las que dedicó atención especial cultivando una especie de lealtad hacia él, pues creo que intuyó que sospechaban de mi situación. A como fue normal entre las brigadistas, yo no recibí ningún tipo de avituallamiento de mi madre, fue Alicia quien me preparó los paquetitos y me los enviaba con él o mis amigas hasta donde me encontraba; a mi madre yo no le importé.

Daniel Ortega, haciendo uso de su gran poder, intensificó su morbo y fantasía sexuales usándome. Recuerdo que en uno de mis regresos de los períodos de movilización, filmó el momento de una de tantas y continuadas copulaciones no deseadas, luego me obligó a que viéramos el video juntos, como una segunda tanda de placer para él. Después de este nuevo ingrediente a sus aberraciones, me forzó a hacer el acto sexual con él en presencia de terceros; también comenzó a utilizar objetos, a golpearme, a comprarme ropa interior que lo estimulara y me obligó a practicarle sexo oral con mucho maltrato. En muchas ocasiones se propuso hacer el sexo contra natura, lo que de alguna forma logré impedírselo, no sé cómo, pero se lo impedí. Me obligó a pronunciar palabras y frases soeces para excitarse. Una vez avanzado el tiempo de continuados abusos y violaciones, estiló hacer estas prácticas en la biblioteca, en los pasillos de la actual casa de la familia Ortega Murillo, la sala donde estaba el televisor (frente a la cocina), en las áreas de lavandería, en el gimnasio y en la casa donde mi mamá me mandó a vivir (adjunta a la principal). Todos estos actos fueron a escondidas.

A los dieciocho años me gradué de bachiller en el Instituto Experimental México, en diciembre de 1985.



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