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¿Que parte de este informe no entienden Barack Obama y Hillary Clinton?
Ahora, un informe del Servicio de Investigación del Congreso (CRS, por sus siglas en inglés) registrado en la Biblioteca del Congreso de EE.UU. ofrece lo que el gobierno de Obama no ha provisto: una revisión legal seria de los hechos. "Fuentes disponibles indican que los poderes judicial y legislativo aplicaron el derecho constitucional y estatutario en el caso del presidente Zelaya de una manera que fue interpretada por las autoridades hondureñas de ambas ramas del gobierno como conforme con el sistema legal hondureño", escribió en su informe la especialista en derecho internacional del CRS Norma C. Gutiérrez.
¡En esta foto nada más que faltó Obama!
¡MANOS FUERA DE HONDURAS!



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hantofe
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II. De los 11 a los 14 años: abusos deshonestos

En 1977, después de sufrir mi madre encarcelamiento por sus actividades políticas, mi hermano y yo tuvimos que acompañarle y salir rumbo a Panamá, donde residimos primero, luego nos dirigimos a Venezuela y finalmente a Costa Rica, donde nos establecimos hasta el 21 de julio de 1979. Para la niña de diez años que era entonces, el exilio significó la separación de mis principales fuentes de amor, cariño y protección: mi abuelo, mis tías abuelas, mi tía Rosi y mis tías maternas.

Vivir en un país desconocido, sin familiares cercanos que atendieran mis necesidades, con una madre comprometida con una causa política, produjo en mí miedo, aislamiento, timidez y soledad en un ambiente de extremos riesgos y persecuciones, y donde el silencio y la prudencia constituyeron la norma de conducta en ese período, interrumpiendo así la normalidad de mi vida en su tránsito de la niñez a la adolescencia.

En 1978, en San José, Costa Rica, conocí a Daniel Ortega Saavedra, cuando yo tenía once años de edad no cumplidos. En ese país vivimos en condiciones de clandestinidad, de encierro; no podíamos hablar con nadie por guardar secretos y como tal aprendimos a comportarnos.

La casa que habitamos (mi madre, hermanos y yo) fue un importante centro de actividades político militares -de seguridad se solía decir-, con mucho movimiento, entradas y salidas de gente, muchas de las cuales se quedaban a pasar la noche. Nuestras verdaderas identidades fue todo un misterio y el silencio rondó nuestras vidas. Como nicas y sandinistas vivimos escondidos todo el tiempo. El secreto fue parte de la vida clandestina.

Daniel Ortega, cuyo seudónimo era Enrique, desde un inicio me inspiró miedo y desconfianza por la forma rara de mirarme desde entonces; fueron muchas personas desconocidas las que llegaban a aquella casa, con quienes jamás tuve cercanía. Después de algunos días, me enteré que aquel hombre extraño era comandante, una persona muy importante para el resto de la gente y que sostenía con mi mamá una relación de pareja.

Fue en este país y en los primeros meses que él se vinculó a nosotros, que comenzó su acoso con bromas y sugerencias de juegos malintencionados, en los que me manoseaba y obligaba a tocar su cuerpo. Luego, cuando el tiempo fue avanzando y se me presentaron las primeras manifestaciones de menstruación, decía: "Vos ya estás lista", sin que interviniera confianza ni relación de afecto alguno. Después me asaltaba sorpresivamente en lugares oscuros para tocarme y durante mis baños me espiaba por encima de la cortina, escondiendo mi ropa interior y bromeando con ellas, algunas veces llegó a hacerlo en público. En muchas otras ocasiones amenazó con penetrar al baño estando yo adentro, advirtiéndome de que probaría lo que era bueno.

Yo tenía en ese entonces, una educación sumamente religiosa y por tanto consideré vulgar y soez aquellas palabras y frases referidas a partes íntimas de mi cuerpo; cada vez que esto sucedía me sentía muy ofendida y ultrajada.

No sostuve contacto ni relación con ninguna de las personas que frecuentaban la casa de seguridad, pues las sentía muy extrañas a mi entender y mi edad.

Yo no tuve la oportunidad de decirle a alguien sobre aquellas frases, insinuaciones y bromas de mi agresor. A mi madre la consumían las múltiples ocupaciones o responsabilidades, aunque en realidad nunca tuve claridez de lo que realmente hacía. Durante este tiempo, yo sentí cierto abandono y soledad, mi madre no fue un ser cercano ni estuvo pendiente de mí. Desde entonces no tenía la confianza para decirle que su compañero me decía cosas. No desee crearle problemas a mi madre con su compañero y temí que interpretara que eran quejas para demandar atención materna. En distintos momentos ella dijo que yo era sumamente exigente y demandante de atenciones y mimos.

Cuando encontré a Daniel Ortega copulando con la empleada de la casa, no supe qué hacer, me sentí impactada, aturdida y bastante amenazada, pues las ofensas verbales fueron más frecuentes y chocantes para mí. Mi seguridad desapareció, pues las amenazas que me hizo en variadas ocasiones comenzaron a cumplirse por la noches; cuando mi madre dormía, Daniel Ortega se dirigía al cuarto donde me encontraba para arrecostarse en mi cama y rozarme con su pene partes de mi cuerpo. Recuerdo que me daban escalofríos, temblores y sentía mucho frío. Yo cerraba los ojos para no ver nada, permanecía inmóvil sin poder hacer nada.

Temprano por las mañanas, cuando me alistaba para ir al colegio y mi madre dormía aún, él se levantaba y me observaba, ahora ya no sólo para verme por encima de la cortina del baño, sino para masturbase. Esto lo llegó a hacer en reiteradas ocasiones.

Me comenzaron en esta etapa, pesadillas con imágenes difusas y sensaciones extrañas de miedo, que sumados a episodios de asco y rechazo me empezaron a afectar mi manera de ser y mi propia interioridad. El tener un secreto que no tenes a quien contar, me generaba mucha angustia.

Inmediatamente después del asalto al Palacio Nacional, por razones de seguridad, mi madre, Daniel Ortega y nosotros (los muchachos), pasamos a vivir en una casa aparte, alejada de las actividades organizativas del FSLN. El ambiente era mucho más solitario, ni la empleada de nacionalidad costarricense se quedaba a dormir. Las noches las pasábamos solos, encerrados en nuestro cuarto.

Las bromas de Daniel Ortega se fueron convirtiendo en verdaderas y directas insinuaciones sexuales, me levantó falsos y agresiones sicológicas cuando afirmaba categóricamente que yo sostenía relaciones con el chofer del bus del colegio, simplemente por ser alguien quien nos tomó cariño a mi hermano y a mi. Yo en ese entonces tenía 11 años de edad y este tipo de frases me resultaron muy agresivas. Por ejemplo, me preguntaba al llegar del colegio: "¿Ya venís contenta? ¿ya te lo hicieron?", entre otras frases sumamente ofensivas. Siempre era igual, cuando observaba alguna cercanía afectiva con personas del sexo masculino, que por cierto fueron muy pocos, fundamentalmente compañeros de estudios.

Desde entonces, él, Daniel Ortega fue haciéndome pensar que todo acercamiento afectivo con cualquier hombre y de cualquier edad, implicaba un interés sexual hacia mí. Para mí lo sexual era sinónimo de aquellas actitudes obscenas y vulgares de Daniel, y por lo tanto, poco a poco empecé a tener gran desconfianza hacia todos los hombres. Si el compañero de mi madre, agredía mi cuerpo contra mi voluntad, qué podía esperar de otros. Él me obligaba a callar y a aceptar los vejámenes que recibía de su parte.

El progreso de la acción de mi agresor, fue dándose; ya no solamente se trataba de su observación a mi cuerpo cuando me bañaba, sino que entraba al baño de cualquier manera, se masturbaba provocándome miedo y desprecio. Fue horrible ver, a la edad de entonces, la imagen de un hombre de pie sostenido de una pared y sacudiendo su sexo como perdido e inconsciente de sí mismo. Yo tenía miedo y permanecía en el baño hasta ver desaparecer su sombra por la rendija de la puerta que él mismo mantenía abierta. Me daba miedo ir a cerrar la puerta, pues podría aprovechar para apresarme. Preferí mantener distancia física de aquel cuadro que me producía asco y rechazo.

Durante este tiempo también, se introducía en el cuarto que compartí con Rafael, procedía a separarme parte de la cobija de mi cuerpo, continuaba con manoseos y luego concluía masturbándose. Yo me quedaba inmóvil y aterrorizada sin poder pronunciar palabras. Me decía que no hiciera bulla para no despertar a Rafael, a quien tomaba como pretexto ante mi madre las veces que se trasladaba a nuestro cuarto para cuidarlo, supuestamente, de sus crisis asmáticas. Durante esos "cuidos" mi agresor hacía lo que ya ha sido relatado, y decía: "ya verás que con el tiempo, esto te va a gustar".

Mi madre, al intensificar sus acciones políticas, solicitó a mi tía Violeta se fuese a vivir con nosotros a Costa Rica, donde compartimos cuarto. Ella regresaba muy tarde de la Universidad, y durante ese segmento de tiempo, cuando mi madre dormía, él se cruzaba a mi cuarto.

Fue mi tía Violeta la que me recordó, que una vez vio a Daniel Ortega manosearme y tocar mis partes genitales. Hasta hace poco recordé que también ponía en mi boca su pene.

En ese tiempo, mi agresor tenía 34 años de edad y yo once, lo que representaba una considerable diferencia y ventaja de su parte; él era el compañero de mi madre, una figura política de mucha importancia, mando y poder. Una persona muy dominante. Yo resentí de mi madre su lealtad a mi agresor, yo sentía que siempre lo prefirió a él que a mí, sus atenciones y gestos de cariño siempre eran para mi agresor. Él me inspiraba mucho miedo y no fui capaz de decirle a ella lo que estaba viviendo y sufriendo, pues no sabía si me creería.

Mi tía Violeta me comentó años después, que en una ocasión discutió la situación con mi madre, donde recibió como respuesta amenazas y presiones a fin de que guardara silencio.

Cuando se declaró la insurrección final de 1979, mi madre prefirió venirse con él a Nicaragua. Ella no me hubiese creído nunca lo que Daniel Ortega estaba haciendo conmigo. Su preferencia era mi agresor, de eso no tenía duda alguna. Mi mamá me hacía mucha falta y nunca hubiese querido que se fuera, pero daba igual, pues aún estando ella en casa Daniel Ortega siempre me agredía.

Yo no entendía porqué él me tocaba, no entendía nada de la sexualidad en general, mucho menos de la masculina. Para mí toda aquella situación era confusa, no entraba en mi cabeza el porqué el compañero de mi madre hacía todo eso conmigo. Sin embargo, siempre tuve conciencia de su posición de autoridad, de su imagen de superioridad que tenía en aquella casa, en su cuarto estaban sus fotos, era dirigente, y escuchaba decir que era miembro de la Dirección Nacional, y que podía llegar a ser Presidente de la Junta de Gobierno. Siempre tuve la imagen de que era muy importante.

Para mí, el triunfo de la revolución significó reunirme con mis abuelos y tías. Fue alegre estar nuevamente en Nicaragua, en una casa con condiciones materiales muy diferentes a las que tuve anteriormente, fue como tener un mundo de juguetes. La nueva casa parecía prometer un ambiente de familia. Yo nunca viví antes en un núcleo completo, es decir, hombre, mujer, hijos. Tenía la esperanza de estar cerca de mi madre y de que quizás la situación cambiaría en relación a él. Creí que por fin habría cariño y una nueva vida, sin secretos ni misterios, sin encierros ni silencios.

Nos trasladamos a la casa donde actualmente vive la Familia Ortega Murillo, por primera vez en mi vida se me asignaba un cuarto propio, lo que para cualquier niña pudo haber sido motivo de buena noticia, pero mis temores estaban latentes. A las pocas semanas, nuevamente el fantasma volvió a rondar mi cuarto con rostro duro y sus gruesos anteojos; continuó sus masturbación, poniendo sobre mi cuerpo una de sus manos frías y temblorosas. A la edad de 12 años que tenía entonces, persistían las sensaciones de escalofríos, nauseas y temblores en mi quijada.

Como mecanismo de defensa ante mi agresor, inventé historias de miedo para no dormir sola, efectivamente sufría de mucho miedo, las noches para mí se transformaron en algo que no deseaba, cada vez que se acercaba la oscuridad me afligía y desesperaba. Necesitaba estar acompañada, ya no soportaba estar sola, pero mi mamá insistía que debía acostumbrarme a dormir sola y cada vez que yo retomaba el tema me regañaba. La verdad es que ni aún compartiendo cuarto con mi hermano Rafael logré evitar su acoso, éste se mantuvo todo el tiempo con sus manoseos; de mi parte, me hacía la dormida inútilmente, quedándome quieta boca abajo, buscando protegerme, por eso, aprendí a dormir en esa posición. Dormía con las manos debajo de mi cuerpo, tapando mi vagina; pensaba que así sus manoseos no me harían daño. Creí que el mostrarme ante él inconsciente, no le permitiría obligarme a nada más. El miedo me llevó a encontrar esta manera de protegerme sin asumir riesgos de confrontarle, a lo que le tuve mucho pánico.

A medida que fue avanzando, pervertidamente me indicaba que me moviera, que así sentiría rico. "Te gusta, verdad", me decía, mientras yo permanecía en absoluto silencio sin tener fuerzas para gritar ni llamar a mi mamá. El miedo no me dejaba, sentía en la garganta resequedad, atorada y con temblores. Su contacto me transmitían intensos fríos y malestares, me provocaba asco y me creía sucia, muy sucia, pues sentía que un hombre al que rechazaba me ensuciaba toda. También, llegué a sentir que yo me dejaba hacer eso del compañero de mi madre, pero si le decía, ella nunca me creería. En esos años fue que comencé a bañarme muchas veces durante el día, para lavarme la suciedad, repelía sus manoseos y su tacto frío.

Más adelante, las noches no fueron suficientes, también las tardes comenzaron a ser utilizadas para sus propósitos. Él calculaba las horas de mis tiempos libres y cuando me encontraba sola en la casa para atacarme. Después de los almuerzos, en el momento de regreso de mi madre a su oficina y el impase de la llegada del colegio de mi hermano Rafael -quien siempre llegaba muy tarde-, penetraba sin reparos al área donde hacía mis siestas en el sofá frente al televisor, hasta donde se acercaba para manosear mis pechos, impidiendo cualquier intento de escapatoria de mi parte.

A mis trece años (1980), incrementó sus llegadas a la casa en horas que bien sabía me encontraba sola, mi mamá estaba en su trabajo y mi hermano Rafael en el colegio (hubo un tiempo que estudió en Cuba). Cuando llegaba, con el pretexto de descansar, cerraba la casa, la que por su diseño arquitectónico me aislaba completamente, sin poder acudir a las niñeras que cuidaban de mis hermanos menores en la parte de adentro. Daniel Ortega había adecuado su horario para coincidir conmigo en las horas en que la casa estaba sola.

Para este período, sus actos siempre los consumó cuando yo dormía, al despertarme no tenía escapatoria. Lo sentía manoseándome y atrapándome la cabeza con sus piernas y brazos en el extremo del sofá. Dormir se me volvió un martirio. Siempre me despertaba lo helado de sus manos, en un estado de estimulación irracional que él fácilmente alcanzaba, sin atender ninguno de mis reclamos.

En una ocasión que recuerdo muy bien, mientras dormía en el sofá y al despertar, él se encontraba mirando un video pornográfico sin importarle mi edad y mi condición de hija de su compañera de vida; en reiteradas oportunidades me mostró revistas Play Boy que yo rechazaba pero que me obligaba a ver; también, me mostró un vibrador que intentó usar, pero no le funcionó. Él siempre intentó despertar en mí algún tipo de sensación y placer, trató de pervertirme y me hizo objeto de su depravación y manipulaciones de mi cuerpo de niña en tránsito a la adolescencia. Intentó explotar mi sexualidad incipiente a fin de complacer sus instintos y vicios sexuales; de mi parte, siempre encontró resistencia, rechazo, repulsión, asco y escalofríos.

Yo sentía miedo de ese hombre, él era el compañero de mi mamá, mi supuesto papá, sus acercamiento hacia mí siempre llevaron una intencionalidad sexual, yo le tenía mucho miedo y no encontraba en nadie a quien confiarle lo que me estaba sucediendo. Mi madre no me creería nunca, así lo sentí siempre, a pesar de algunos intentos que hice luego me arrepentía, me faltó valor, confianza y cariño de su parte.

Como parte de mis huidas en el interior de aquella casa, me arrimaba a dormir en el cuarto de las trabajadores domésticas, hasta donde llegó en muchas ocasiones a buscarme para hacerme regresar con su autoridad a mi cuarto. Recuerdo, que mi madre me regañaba por ser "miedosa", cuando me quedaba a dormir en la alfombra del cuarto de mi hermano.

Mis primeros problemas de salud empezaron con nauseas, vómitos que de momento no tenían explicaciones, pero que con el tiempo se fueron complicando. Ante estas nuevas manifestaciones, a mi hermano y a mí nos brindó atenciones personales y protección; siempre se mostró pendiente de nosotros, de nuestra salud y de nuestras clases, pero su insistencia y acoso continuó, nunca se detuvo, por el contrario, avanzó a establecer controles sobre mis actividades personales, haciendo constantes llamadas telefónicas para saber si ya había regresado del colegio, o si me encontraba en casa, a como según él debía ser. Desde entonces, empecé a sentirme muy vigilada y controlada por él. Ya no eran solamente sus pesquisas durante mis baños, sus manoseos a mi cuerpo ni sus sistemáticas insinuaciones sexuales. Ahora se trataba del control sobre mí.

Alicia Romero, llegó a mi vida en 1980, para cuando fue contratada por mi madre. Inmediatamente, la concebí como una opción de defensa, de verdadera protección a mi persona. Yo me sentía muy sola, confundida por no saber que hacer e indefensa ante él. Fue a ella que, poco a poco, le enteré de las cosas que me estaban sucediendo desde entonces, al menos encontré a alguien con quien hablar, en mucho sustituyó a mi madre, al menos para darme la compañía y el cariño que necesitaba. Muchas veces corrí a su cuarto en busca de protección, de abrazo. Dormir sola para mí era algo tormentoso, sentía que me seguían sombras por todo el cuarto; sin embargo, mi madre nunca permitió que durmiera acompañada. Recuerdo, que a la media noche me dirigía al cuarto de mi hermano o al de Alicia para no estar sola y regresaba nuevamente al mío, en horas de la madrugada para que mi mamá no se enterara. Daniel Ortega sabía de mis huidas, él me perseguía y daba conmigo, según donde estuviera me hacía regresar a mi cuarto o me dejaba tranquila. En el cuarto de Alicia siempre busqué refugio, un lugarcito donde sentirme segura. Él nunca sospechó que estos ratos con ella me permitieron desahogarme y que ella acompañaba mi sufrimiento. Él no previó que yo le contara a ella, de lo contrario nunca hubiese permitido el acercamiento.

Cuando intenté enllavar mi cuarto resultó inútil, pues abría la puerta con punzones, desarmadores y cuchillos; no sé cómo lo lograba, pero siempre penetraba en mi cuarto, no tenía forma de impedírselo, me sentía indefensa. Llegué, también inútilmente, a ubicar obstáculos (sillas, el tocador, etc.) detrás de la puerta pero no lograba nada, ahí estaba adentro como un fantasma omnipresente tras de mí todo el tiempo. Me preguntaba insistentemente qué era aquello, porqué a mí me sucedían esas cosas, refugiándome en mis sábanas, acostada temblaba en mi cama, y él agrediendo mi cuerpo con sus movimientos. Yo sentía la necesidad de escapar, de irme lejos, de no ver nada de lo que aquel hombre hacía, de pronto me sentía lejos, como en un agujero vacío y oscuro, donde me observaba sola, llorando y temblando.

Semanas antes de la Cruzada Nacional de Alfabetización, intensificó sus abusos durante horas del día. Recuerdo, que él hizo un hoyo en la puerta del baño para observarme, yo me enllavaba más por miedo que por intimidad. El hoyo que hizo lo ocultó con un afiche, al descubrirlo intenté taparlo con tape y otras cosas pero fue difícil. Fue entonces que opté bañarme con camiseta y con ropa interior puestas. Sentía mucha vergüenza y miedo de que al verme desnuda me agrediera directamente.

La vigilancia y el control se perfeccionaron con distorsionadas actitudes de padre y manipulaciones de todo tipo. Las llamadas telefónicas preguntando sobre mi paradero se volvieron sistemáticas; durante los paseos y comidas familiares me inhibía con sus miradas sobre mí. Parte de su sistema contra mí fueron sus atenciones y la satisfacción de mis necesidades, lo que le permitió un tipo de acercamiento paterno, pero sin cesar su abuso deshonesto. En sus ambivalencias de padre abusador, siempre estuvo ahí, para acosarme, manosearme, vigilarme y espiar a mis amistades. Llegué a entender que no tenía derecho a tener amigos ni amigas, muy escasas personas me visitaron durante el período que permanecí en aquella casa.

Anteriormente, dije algo sobre manifestaciones de daño en mi salud. Progresivamente se fueron presentando crisis de salivación excesiva y de ahogo, el aliento se me escapaba, la respiración se me hacía difícil. A pesar que personas cercanas me preguntaban sobre mis reacciones y estado, no revelaba lo que me estaba pasando, en parte por que no sabía que estas cosas eran consecuencia de lo que estaba viviendo, y en parte también, porque la confianza la tenía resquebrajada a esa corta edad. La verdad sólo yo la conocía, aunque no estuviera muy bien enterada de las afectaciones que en mi salud estaban ocasionando.

Recuerdo que en una ocasión busqué a mi madre para que me diese algo, logrando tan sólo un comentario de que el asunto era nervioso y que sabía bien las causas. Seguidamente, la escuché discutir violentamente con Daniel Ortega, a quien le confirmó "yo ya sé lo que está pasando... ¡sos un enfermo!". Sin embargo, de nada valió esa discusión, pues al día siguiente las cosas volvieron a suceder como si nada. No sé si llegarían a algo, pero evidentemente, si él se comprometió a no insistir y molestarme no cumplió su palabra, y si negó todo lo que le dijera mi madre, pues en su mentira continuó abusando de mí y burlándose de ella.

Después de sus reuniones y fiestas de adultos, cuando todos ya estaban ebrios y mi madre sin condiciones de escuchar gritos ni llantos, él procedía con sus prácticas ya señaladas.

Me empecé a sentir rechazada por mi madre, cuando por mi estado físico o conducta me ofendía, recriminando mi "cara de víctima", la que según ella, molestaba y amargaba a todo el mundo; decía que mi tristeza y aislamiento contagiaba a toda la familia. Ella criticó mis encierros en la biblioteca, acusándome de pretender hacer creer de lo esforzada que era; criticó mi timidez calificándome de amargada. Ella siempre juzgó de manera negativa mi forma de vestir, mi peso, mis gestos, estaba criticándome todo el tiempo. Sus pretextos para regañarme iban en aumento y me ponía en vergüenza ante los demás. Fueron por estas actitudes que me alejé de ella. La sentí tan lejana, a pesar de ser mi madre, la sentí como ser extraño.

Cuando Daniel Ortega notaba mi tristeza por el maltrato recibido de mi madre, se acercaba diciéndome que ella era histérica y rencorosa; a su vez, me recomendaba no hacerle caso, que en cualquier cosa contara con él. Fue así que cuando necesité algo, en vez de pedírselo a ella, de quien seguramente recibiría ofensas y mal trato, mejor se lo solicitaba a él. Esta nueva situación me generó mucho sentimiento de culpa, pues sentía que aceptaba cosas de manos de mi agresor, pero en realidad las necesitaba. También, llegué a sentir mucha confusión, pues la persona a quien temía y me dañaba, se portaba supuestamente atenta conmigo, tratando de satisfacer mis necesidades.

Los meses de la Cruzada Nacional de Alfabetización fueron de reposo, pero pasaron muy pronto y tuve que regresar. Durante estos meses, recuerdo que Daniel llegó a visitarme sin mi mamá, yo me escondí inútilmente, pues mis compañeras de escuadra me obligaron, inocentes de todo, a recibirlo.

El mismo día de mi regreso de la Cruzada Nacional de Alfabetización, me recibió con frases como esta: "... ya tenes chichas. Volviste muy bien, ya echaste nalgas...". Para esa fecha ya tenía amigas, pero él se encargó de intervenir todas y cada una de mis relaciones de amistad. Mostró exacerbado interés de conocerlas, preguntó sobre sus hábitos, niveles de confiabilidad y procuró hacia ellas tratos amables. Me interrogaba sobre la posibilidad de lesbianismo de mis amigas y me acusaba de una posible atracción hacia eso. A algunas de ellas les confié la persecución de la que era objeto de parte de Daniel Ortega, quienes me dieron razones ingenuas de que tal vez se tratase de un padre muy celoso. Una de ellas, que quizás logró intuir lo que en verdad deseé decir, expresó que en las telenovelas sucedían cosas similares.

Intenté tener novio en el colegio. Llegué a tener uno, de quién temí le llegase a suceder algo malo y al final rompí con la relación. Yo nunca logré sentirme bien con las escasas relaciones de amistad con muchachos, mucho menos con aquellos que me atraían de manera especial, pues me sentía sucia, marcada y culpable por lo que sucedía en la casa. Yo, algo debía hacer y no podía. Me sentía culpable de no poder. Pensé que los hombres me rechazarían, asumía mi fealdad tal y como mi madre me la inculcaba y restregaba constantemente; no creí merecer amor por todo lo que en mí estaba ocurriendo. Me daba vergüenza y miedo pensar que otras personas supiesen todo. El mundo para mí fue mi encierro, mi tristeza y mi soledad. El dolor sólo yo lo estaba sintiendo, pero qué costoso estaba resultando aguantarlo, llevarlo de la manera que lo estaba haciendo, con mis palabras en el vacío y la oscuridad.

Nunca tuve con Daniel Ortega una relación de confianza, ésta fue muy superficial, aunque para mí era el padre, el jefe de hogar y lo traté siempre de USTED. Los temas de conversación generalmente eran en público y propios de la formalidad padre-hija; aquellos temas eran relativos al colegio. Las conversaciones en común se fueron disminuyendo considerablemente, yo evadí su presencia la mayor cantidad de veces. Me era difícil disimular mis emociones de vergüenza, tristeza y rechazo. Mi madre, más de una vez, me llamó la atención por no demostrarle afecto en público.

En la medida en que se intensificó el abuso me fue cada vez más difícil. Sus juegos y manoseos sexuales se fueron incrementando, se volvieron cada vez más lesivos. De mi parte, estaba sumida al miedo, a mi horror a la noche y a la oscuridad, a mi temblores y visiones de sombras rondando mi cuarto. El asco fue creciendo y mi sentimiento de impotencia también, todo fue silencio excepto Alicia, la única persona que me escuchó en todo ese período.

Empecé desde entonces a ser un ser silencioso y ensimismado.


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